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  • Mi vida con la fibrosis quística
  • ¡Despertad! 1999
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¡Despertad! 1999
g99 22/10 págs. 12-14

Mi vida con la fibrosis quística

Relatado por Jimmy Garatziotis

El 25 de julio de 1998 me llevaron a toda prisa al hospital con un agudo dolor de pecho. Tenía el corazón bien, pero los pulmones tan infectados que apenas podía respirar. Con solo veinticinco años, mi vida pendía de un hilo.

A LOS dos días de nacer, los médicos comunicaron a mis padres que padecía una grave ictericia que me ocasionaría daños cerebrales, e incluso la muerte, a menos que recibiera sangre. Sin embargo, sobreviví sin la transfusión y sin los temidos daños.

En mis primeros dos años sufrí un sinnúmero de extraños problemas de salud y neumonías. Al final, un doctor me diagnosticó fibrosis quística. En aquel entonces los niños aquejados de este mal vivían un promedio de siete años; hoy, gracias a los progresos de la sanidad, son cada vez más los que llegan a adultos.

¿Qué es la fibrosis quística?

Se trata de un trastorno genético incurable que ocasiona problemas respiratorios degenerativos y, con frecuencia, gravísimas complicaciones digestivas.

Alrededor de uno de cada veinticinco sujetos porta el gen defectuoso causante de la fibrosis quística, en la mayoría de los casos sin ser consciente de ello, pues no manifiesta los síntomas. Cuando son portadores tanto el padre como la madre, existe una probabilidad entre cuatro de que les nazca un hijo con dicha afección.

Soy uno de los pocos afectados a quienes se les detectó la enfermedad por tener pólipos nasales. Estos indujeron a los médicos a hacerme un análisis del contenido salino del sudor, el método más frecuente de diagnosticar la fibrosis quística. A menudo son los padres o abuelos quienes perciben la sal en la piel, pues notan el sabor que les queda en los labios después de besar al niño.

El crecimiento de pólipos me dificulta la respiración, por lo que casi todos los años tienen que extraérmelos de los senos paranasales mediante molestas operaciones que conllevan peligrosas hemorragias y una dolorosa convalecencia. Me han intervenido muchas veces, siempre sin transfusiones; y lo agradezco, pues vivo sin temer las complicaciones que pueden acarrear.

Vivir con la fibrosis

Aunque la enfermedad me limita, me mantengo lo más activo que puedo. Un día muy especial de mi vida fue el 1 de agosto de 1987, cuando me bauticé en símbolo de mi dedicación a Jehová Dios.

Al levantarme por la mañana, hago durante quince minutos inhalaciones de solución de albuterol y luego de solución salina, lo que ablanda las secreciones de los pulmones y abre las vías respiratorias para facilitar la ventilación. Luego recibo entre cuarenta y sesenta minutos de fisioterapia a fin de ablandar y sacar las secreciones. A continuación sigo otro tratamiento de inhalación, esta vez con un antibiótico que combate la infección. Todos estos pasos los vuelvo a realizar al mediodía y por la noche.

Las tres sesiones me consumen unas cuatro horas diarias. Por lo general como después de cada sesión, pues la terapia es más llevadera en ayunas. Aunque todo esto toma mucho tiempo, he viajado regularmente a la ciudad de London (Ontario, Canadá) para acudir a la congregación de lengua griega de los testigos de Jehová. Los días de reunión he retrasado el tratamiento hasta las diez de la noche. Las bendiciones que recibo en tales ocasiones compensan con creces los sacrificios. También concedo mucha importancia a la participación constante en el ministerio.

Doy a conocer mi fe

Los períodos de hospitalización me han brindado oportunidades especiales de hablar de mi fe cristiana. En cierta ocasión conversé con un sacerdote ortodoxo griego que ocupaba otra habitación. Dijo que me consideraba un joven respetuoso, un ejemplo para los jóvenes de la comunidad griega. Poco se imaginaba que yo estaba al tanto de su actuación como principal instigador de la oposición al ministerio de los testigos de Jehová entre la población de habla griega.

Cuando el clérigo recibía visitantes, los mandaba también a mi cuarto. A veces se daban cuenta de que los familiares y amigos que me acompañaban habían tocado a su puerta en la predicación. Algunos se quedaban; otros regresaban sorprendidos a preguntarle por qué los había enviado a hablar con testigos de Jehová. Seguí conversando de la Biblia con él aun cuando supo que era Testigo. Tratamos asuntos como el nombre Jehová, la Trinidad y la neutralidad política de los testigos de Jehová en Grecia. Al ir hablando con él, vi cómo iban cayendo los muros de su antagonismo.

El religioso admitió que sabía la verdad sobre algunos asuntos bíblicos que habíamos tocado, pero confesó que no la enseñaba para no perder su trabajo. Tiempo después, cuando fui a su hogar con Esther, mi hermana menor, aceptó algunas publicaciones bíblicas. La hostilidad a la predicación remitió en el territorio. De hecho, nos escucharon muchos vecinos que estaban enterados de la receptividad del sacerdote. Sin embargo, este recibió el traslado poco después.

Al hablar de mis creencias cuando estuve hospitalizado, tuve otra experiencia digna de mención. Dialogué con Jeff, joven que iba a visitar a su abuelo. Las sucesivas conversaciones condujeron a que estudiase la Biblia conmigo. Cuando decidió asistir a las reuniones, le acompañé un tiempo a la congregación de la cercana Stratford, aunque yo solía ir a una de London. Mi objetivo era conseguir que le ayudara alguien que viviese cerca de él.

Lamentablemente, Jeff cedió a las presiones familiares y no progresó espiritualmente. Sin embargo, en las reuniones de Stratford volví a ver a Deanne Stewart, a quien había conocido durante la construcción de un Salón del Reino. Entablamos una buena relación, que culminó en matrimonio el 1 de junio de 1996.

Cambia mi situación

Por desgracia, enfermé de gravedad a las tres semanas de la boda. Se sucedieron varias hospitalizaciones hasta que ocurrió la emergencia mencionada al principio. Desde entonces recibo oxígeno las veinticuatro horas del día. Tengo fiebres, sudores nocturnos, pleuresía, insomnio por la tos y dolores en las articulaciones, las piernas y el pecho. A veces toso con sangre, algo que me asusta, pues si no se detiene, puede ocasionarme muerte súbita.

Ahora, en compañía de mi amada esposa, que tanto me ayuda, doy testimonio a médicos, fisioterapeutas, pacientes y demás profesionales de la salud, sea que yo vaya a los hospitales o que ellos vengan a visitarme a casa. Por difíciles que resulten mis problemas médicos, los vemos siempre como oportunidades de alabar el nombre de Jehová.

Lo que me sostiene

Al haber cambiado las circunstancias, Deanne y yo disponemos de una conexión telefónica especial que nos permite escuchar las reuniones y participar en ellas. Esta amorosa medida nos da mucho ánimo y nos hace sentir que seguimos siendo miembros activos de la congregación, aunque la mayoría de las veces no podamos estar físicamente allí.

En nuestro ministerio, ahora también difundimos por teléfono nuestra esperanza bíblica e incluso dirigimos estudios bíblicos. Es todo un gozo conversar con desconocidos acerca de Jehová y las maravillosas provisiones que ha hecho para que las personas fieles vivan en el justo nuevo mundo.

El apoyo de mis padres me anima, fortalece y reconforta. Estoy en deuda con Jehová, particularmente por haberme bendecido con Deanne, quien me acepta con mis dolencias y que ahora es una ayuda imprescindible para poder aguantar.

Al acercarme a las últimas etapas de la enfermedad, recibo fuerzas para perseverar cuando medito en mi esperanza de un porvenir mejor. Deanne y yo hallamos consuelo al leer juntos la Biblia todos los días. Sé que en el futuro cercano tendré buena salud y no necesitaré terapia tan solo para respirar. Me veo en el paraíso prometido, cuando haya recibido unos pulmones sanos, corriendo por el campo. Esto es todo lo que anhelo: correr por el campo para poner a prueba mi resistencia pulmonar.

Visualizar las bendiciones del nuevo mundo que Dios promete me ayuda a ir superando cada día. Proverbios 24:10 dice: “¿Te has mostrado desanimado en el día de la angustia? Tu poder será escaso”. Lejos de pensar que tengo poca fuerza, creo que Jehová me imparte el poder que va más allá de lo normal (2 Corintios 4:7). De este modo me ayuda a dar testimonio de su nombre y sus propósitos, así como a afrontar todas las dificultades que permita, sea que me corresponda sobrevivir al fin de este sistema de cosas en Armagedón o morir ahora y resucitar más tarde en su nuevo mundo (1 Juan 2:17; Revelación [Apocalipsis] 16:14-16; 21:3, 4).

[Ilustraciones de la página 13]

Con Deanne, mi esposa, un gran apoyo para mí

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