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DAVID

(“Amado”; o, posiblemente, una forma abreviada de: “Amado de Jah”).

Este pastor, músico, poeta, soldado, hombre de estado, profeta y rey, sobresale entre los personajes de las Escrituras Hebreas. Fue un valiente luchador en el campo de batalla y supo aguantar dificultades. Este caudillo y comandante audaz, que nunca se dejó intimidar, fue lo suficientemente humilde como para reconocer sus errores y arrepentirse de sus graves pecados. Además, manifestó tierna compasión y misericordia, amó la verdad y la justicia y, sobre todo, tuvo fe y confianza absolutas en su Dios Jehová.

El linaje de David, descendiente de Boaz y de Rut, provenía de Judá a través de Pérez. (Rut 4:18-22; Mat. 1:3-6.) Este hijo de Jesé, el más joven de los ocho hijos varones, también tenía dos hermanas o medio hermanas. (1 Sam. 16:10, 11; 17:12; 1 Cró. 2:16.) Uno de los hermanos de David murió sin dejar hijos y esta es la razón por la cual no aparece en los registros genealógicos posteriores. (1 Cró. 2:13-16.) No se da el nombre de la madre de David. Algunos han creído que su madre fue Nahás, pero es más probable que Nahás fuese el padre de las medio hermanas de David. (2 Sam. 17:25.)

Belén, a unos 8 Km. al S. de Jerusalén, era el pueblo natal de David y el lugar donde habían vivido sus antepasados Jesé, Obed y Boaz. En algunas ocasiones Belén es llamada la “ciudad de David” (Luc. 2:4, 11; Juan 7:42), pero no debe confundirse con Sión, en Jerusalén, la “Ciudad de David”. (2 Sam. 5:7.) En una ocasión, cuando entraba en la ciudad, David mostró anhelo por beber de la buena agua de la cisterna cercana a la puerta de Belén, de la que había bebido en su juventud. (2 Sam. 23:15; 1 Cró. 11:17.)

SU JUVENTUD

La primera mención que se hace de David es cuando estaba vigilando las ovejas de su padre en un campo próximo a Belén. Para ese entonces, Samuel, enviado por Dios a la casa de Jesé para ungir a uno de sus hijos como futuro rey, había rechazado a los siete hermanos mayores de David, diciendo: “Jehová no ha escogido a estos”. Finalmente, se envió a buscar a David, que se hallaba en el campo. Cuando él entró —“rubicundo, un joven de hermosos ojos y gallarda apariencia”— hubo en el ambiente cierta expectativa, porque hasta entonces nadie supo por qué había venido Samuel. Ahora Samuel recibe el siguiente mandato de Jehová: “¡Levántate, úngelo, porque este es!”. Es precisamente de este joven de quien dijo Jehová: “He hallado a David hijo de Jesé, varón agradable a mi corazón, que hará todas las cosas que yo deseo”. (1 Sam. 16:1-13; 13:14; Hech. 13:22.)

Los años que David pasó como pastorcillo tuvieron una profunda influencia en el resto de su vida. El estar al aire libre le preparó para vivir como fugitivo cuando, más tarde, tuvo que huir de la furia de Saúl. También adquirió destreza en lanzar piedras con la honda, desarrollando aguante y valor, así como una buena disposición para buscar y rescatar a las ovejas que se separaban del rebaño, no dudando en matar a un oso o a un león cuando fue necesario. (1 Sam. 17:34-36.)

Pero a pesar de su valor como guerrero, David también consiguió renombre por saber tocar el arpa y escribir poesía, talentos que quizás cultivó durante las largas horas que pasó cuidando a las ovejas. Asimismo, David llegó a ser conocido como diseñador de nuevos instrumentos musicales. (2 Cró. 7:6; 29:26, 27; Amós 6:5.) El amor que David sintió por Jehová elevó sus composiciones muy por encima de un mero entretenimiento, convirtiéndolas en obras maestras clásicas dedicadas a la adoración y alabanza de Jehová. Los encabezamientos de al menos setenta y tres salmos indican que David fue su compositor, sin embargo a él también se le atribuyen otros salmos. (Compárese Salmos 2:1 con Hechos 4:25; Salmos 95:7, 8 con Hebreos 4:7.) Algunos salmos —por ejemplo, el 8, 19, 23 y 29— reflejan muy probablemente las experiencias de David como pastor.

Toda esta formación, mientras cuidaba de las ovejas, preparó a David para un papel mayor: pastorear al pueblo de Jehová. (Sal. 78:70, 71; 2 Sam. 7:8.) No obstante, cuando David dejó por primera vez las ovejas de su padre, no fue para desempeñar el poder del reino. Primero fue músico en la corte por recomendación de un consejero de Saúl, quien describió a David no solo como “diestro en tocar”, sino también como “valiente y poderoso y hombre de guerra y persona que habla con inteligencia y hombre bien formado, y Jehová está con él”. (1 Sam. 16:18.)

Más tarde, por razones que no se registran, David volvió a la casa de su padre por un período no determinado. En una ocasión fue a llevar provisiones a sus hermanos que estaban en el ejército de Saúl. En aquel momento, los ejércitos israelita y filisteo estaban estacionados frente a frente, y David se indignó al ver y oír a Goliat escarnecer a Jehová. Así que preguntó: “¿Quién es este filisteo incircunciso para que tenga que desafiar con escarnio a las líneas de batalla del Dios vivo?”. (1 Sam. 17:26.) Y después añadió: “Jehová, que me libró de la garra del león y de la garra del oso, él es quien me librará de la mano de este filisteo”. (1 Sam. 17:37.) Habiendo recibido permiso para ello, aquel que había matado a un león y a un oso ahora se encaminó hacia Goliat con las siguientes palabras: “Yo voy a ti con el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de las líneas de batalla de Israel, a quien tú has desafiado”. De repente, David lanzó una piedra con su honda y derribó al paladín enemigo. Entonces, con la propia espada de Goliat, David le decapitó, volviendo al campamento con la cabeza y la espada del gigante como trofeos de guerra. (1 Sam. 17:45-54.)

FUGITIVO

Estos acontecimientos lanzaron rápidamente a David del anonimato de pastor al protagonismo ante los ojos de todo Israel. Colocado delante de los hombres de guerra, David fue recibido con danzas y regocijo cuando volvió de una expedición victoriosa contra los filisteos. Un canto popular fue: “Saúl ha derribado sus miles, y David sus decenas de miles”. (1 Sam. 18:5-7.) “Todo Israel y Judá amaban a David”, y Jonatán, el propio hijo de Saúl, celebró con él un pacto de amor y amistad mutuos para toda la vida, cuyos beneficios se extendieron a Mefibóset y Micá, el hijo y el nieto de Jonatán respectivamente. (1 Sam. 18:1-4, 16; 20:1-42; 23:18; 2 Sam. 9:1-13.)

Esta popularidad despertó la envidia de Saúl, quien continuó “mirando a David [...] con sospecha desde aquel día en adelante”. Por dos veces, cuando David estaba tocando como en tiempos pasados, Saúl arrojó una lanza con la intención de clavarle en la pared, y en ambas ocasiones Jehová le libró. Saúl había prometido que daría su hija a aquel que matase a Goliat, pero ahora se mostraba reacio a dársela a David. Saúl finalmente consintió en que David se casase con su segunda hija, con tal de que le trajese “cien prepucios de los filisteos”, una petición irrazonable que Saúl creyó que significaría la muerte de David. Sin embargo, el valeroso David dobló la dote: se presentó a Saúl con doscientos prepucios, y se casó con Mical. Por lo tanto, dos de los hijos de Saúl, motivados por amor, habían celebrado pactos con David, y esto hizo que Saúl acrecentase aún más su odio. (1 Sam. 18:9-29.) Cuando David estaba de nuevo tocando ante Saúl, el rey procuró clavarle en la pared con la lanza por tercera vez. Por esta razón, David huyó al amparo de la noche. (1 Sam. 19:10.)

Después de estos incidentes, durante varios años David vivió escapando como un proscrito, huyendo constantemente de lugar en lugar, siendo perseguido implacablemente por un rey obstinado e inicuo que estaba resuelto a matarle. Primero David se refugió con el profeta Samuel en Ramá (1 Sam. 19:18-24), pero cuando este dejó de ser un escondite seguro, se dirigió a la ciudad filistea de Gat, deteniéndose en el camino para ver al sumo sacerdote Ahimélec en Nob, donde obtuvo la espada de Goliat. (1 Sam. 21:1-9; 22:9-23; Mat. 12:3, 4.) Sin embargo, para salir con vida de Gat, David tuvo que pasar por loco, haciendo signos de cruz pueriles en la puerta y dejando correr la saliva por su barba. (1 Sam. 21:10-15.) Los Salmos 34 y 56 de David se basan en esta experiencia. Luego huyó a la cueva de Adulam, donde su familia y unos cuatrocientos hombres desafortunados y angustiados se unieron a él. Puede que tanto el Salmo 57 como el 142 aludan a su estancia en esta cueva. David continuó en constante movimiento, desde allí hasta Mizpé, en Moab, y después volvió al bosque de Héret en Judá. (1 Sam. 22:1-5.) Mientras vivía en Queilá se enteró de que Saúl estaba preparándose para atacar, después de lo cual él y sus hombres, que ahora ascendían a unos seiscientos, salieron hacia el desierto de Zif. Saúl continuó la persecución de un lugar a otro, desde el desierto de Zif, en Hores, hasta el desierto de Maón. Cuando Saúl estaba a punto de capturar a su presa, llegó el informe de una incursión filistea. Como resultado, Saúl abandonó por un tiempo la persecución, permitiendo al fugitivo escapar a En-guedí. (1 Sam. 23:1-29.) En este tipo de experiencias se basan los hermosos salmos de alabanza a Jehová por proveer liberación milagrosa (18, 59, 63, 70).

Fue en En-guedí donde Saúl entró en una cueva para hacer de cuerpo. David, escondido al fondo de la cueva, se acercó silenciosamente y cortó la falda de la prenda de vestir de Saúl, pero le perdonó la vida. Él dijo que era inconcebible de su parte hacerle daño al rey, porque “es el ungido de Jehová”. (1 Sam. 24:1-22.)

Después de la muerte de Samuel

Después de la muerte de Samuel, David, todavía exiliado, empezó a morar en el desierto de Parán. (Véase PARÁN.) Nabal, un rico ganadero a quien David y sus hombres habían mostrado bondad, los trató ahora con desaire e ingratitud. La rápida reacción de Abigail, esposa de Nabal, impidió que David exterminara a los varones de la casa, pero Nabal fue herido por Jehová y murió. David se casó posteriormente con la viuda, de modo que tuvo dos esposas: Ahinoam de Jezreel y Abigail de Carmel; Saúl había entregado a su hija Mical a otro hombre. (1 Sam. 25:1-44; 27:3.)

Por segunda vez David se refugió en el desierto de Zif y de nuevo empezó la persecución. David asemejó a Saúl y a sus tres mil hombres a aquellos que buscan “una sola pulga, tal como se corre tras una perdiz sobre las montañas”. Una noche el perseguido entró cautelosamente en el campamento del perseguidor mientras todos dormían y se hizo con la lanza y la jarra del agua de Saúl. Abisai, que acompañaba a David, quería matar a Saúl, pero David le perdonó la vida por segunda vez, diciendo que desde el punto de vista de Jehová era inconcebible para él alargar su mano contra el ungido de Dios. (1 Sam. 26:1-25.) Esta noche fue la última vez que David vio a su adversario.

David se estableció en Ziqlag, dentro del territorio filisteo, por un período de dieciséis meses, fuera del alcance de Saúl. Varios hombres poderosos desertaron de las fuerzas de Saúl y se unieron a los exiliados en Ziqlag, lo que le permitió a David hacer incursiones en las ciudades de los enemigos de Israel, en el sur, asegurando así los límites de Judá y fortaleciendo su futura posición como rey. (1 Sam. 27:1-12; 1 Cró. 12:1-7, 19-22.) Cuando los filisteos se estaban preparando para atacar a las fuerzas de Saúl, el rey Akís, pensando que David era “un hedor entre su pueblo Israel”, le invitó a que le acompañara. No obstante, los otros señores del eje rechazaron a David por considerarle una amenaza para su seguridad. (1 Sam. 29:1-11.) Esto fue providencial, pues en la batalla que culminó en el monte Guilboa, Saúl y tres de sus hijos, entre ellos Jonatán, murieron. (1 Sam. 31:1-7.)

Entretanto, los amalequitas saquearon y quemaron Ziqlag, llevándose todas las mujeres y niños. Acto seguido, las fuerzas de David persiguieron y alcanzaron a los merodeadores, recuperando a sus esposas e hijos, así como todos los bienes. (1 Sam. 30:1-31.) Al cabo de tres días, un amalequita le trajo a David la diadema y el brazalete de Saúl, alardeando falsamente que él había dado muerte al rey cuando este fue herido y esperando recibir una recompensa. Aunque el amalequita había mentido, David ordenó que le matasen por alegar que “dio muerte al ungido de Jehová”. (2 Sam. 1:1-16; 1 Sam. 31:4, 5.)

REY

La trágica noticia de la muerte de Saúl afligió mucho a David. No era tanto la muerte de su enconado enemigo como la caída del ungido de Jehová lo que le entristecía. A modo de lamento, David compuso una de las odas más hermosas que jamás se han escrito, titulada “El arco”. (2 Sam. 1:17-27.)

Ahora David se trasladó a Hebrón, donde, a la edad de treinta años, los ancianos de Judá le ungieron rey sobre su tribu en 1077 a. E.C. Is-bóset, hijo de Saúl, fue hecho rey sobre las otras tribus. Unos dos años más tarde Is-bóset fue asesinado, y sus agresores le trajeron su cabeza a David esperando recibir una recompensa, pero también a ellos se les dio muerte como había ocurrido con el presunto asesino de Saúl. (2 Sam. 2:1-4, 8-10; 4:5-12.) Esto preparó el camino para que las tribus que hasta entonces habían apoyado al hijo de Saúl se uniesen a Judá y, finalmente, se le unió a David una fuerza que ascendía a 340.822 hombres y le hicieron rey sobre todo Israel. (2 Sam. 5:1-3; 1 Cró. 11:1-3; 12:23-40.)

Gobierna en Jerusalén

David gobernó en Hebrón siete años y medio antes de trasladar la capital por dirección de Jehová a Jerusalén, la fortaleza que les había arrebatado a los jebuseos. Fue allí, en Sión, donde construyó la Ciudad de David, y continuó gobernando otros treinta y tres años. (2 Sam. 5:4-10; 1 Cró. 11:4-9; 2 Cró. 6:6.) Mientras vivía en Hebrón, el rey David tomó más esposas e hizo que le devolvieran a Mical, teniendo con ellas varios hijos e hijas. (2 Sam. 3:2-5, 13-16; 1 Cró. 3:1-4.) Después de trasladarse a Jerusalén, David se consiguió aún más esposas y concubinas, las cuales, a su vez, le dieron a luz más hijos. (2 Sam. 5:13-16; 1 Cró. 3:5-9; 14:3-7.)

Cuando los filisteos oyeron que David era rey de todo Israel, subieron para derrotarle. Como en el pasado (1 Sam. 23:2, 4, 10-12; 30:8), David inquirió de Jehová si debería ir contra ellos. “Sube”, fue la respuesta, y Jehová irrumpió contra el enemigo con una destrucción tan abrumadora que David llamó al lugar Baal-perazim, que significa “Dueño de Irrupciones”. En un enfrentamiento posterior, la estrategia de Jehová cambió y le ordenó a David que diese la vuelta alrededor y atacase a los filisteos por detrás. (2 Sam. 5:17-25; 1 Cró. 14:8-17.)

David intentó traer el arca del pacto a Jerusalén, pero este intento fracasó cuando Uzah tocó el Arca y “el Dios verdadero lo derribó allí”. (2 Sam. 6:2-10; 1 Cró. 13:1-14.) Unos tres meses después, y tras cuidadosos preparativos —como por ejemplo, el santificar tanto a los sacerdotes como a los levitas y asegurarse que el Arca se llevase sobre los hombros en lugar de colocarse en un carruaje, como la primera vez—, el Arca fue traída a Jerusalén. David, vestido de manera muy sencilla, mostró su alegría y su entusiasmo en esta gran ocasión “saltando y danzando en derredor delante de Jehová”. Pero su esposa Mical le increpó diciendo que había actuado “como uno de los casquivanos”. Por esta queja injustificada, Mical “no llegó a tener hijo alguno hasta el día de su muerte”. (2 Sam. 6:11-23; 1 Cró. 15:1-29.)

David también se preocupó de organizar y ampliar la adoración de Jehová en la nueva ubicación del Arca, al asignar porteros y músicos y encargándose de que hubiese “ofrendas quemadas constantemente, por la mañana y por la tarde”. (1 Cró. 16:1-6, 37-43.) Además, pensó en edificar un templo-palacio de cedro para guardar el Arca, con el fin de reemplazar la tienda en donde se hallaba. Pero no se le permitió a David construir la casa, pues Dios dijo: “Sangre en gran cantidad has vertido, y grandes guerras has hecho. No edificarás una casa a mi nombre, porque mucha sangre has vertido en la tierra delante de mí”. (1 Cró. 22:8; 28:3.) Sin embargo, Jehová hizo un pacto con él, prometiéndole que el reino permanecería en su familia para siempre y, con relación a este pacto, le aseguró que su hijo Salomón, cuyo nombre significa “Pacífico”, construiría el templo. (2 Sam. 7:1-16, 25-29; 1 Cró. 17:1-27; 2 Cró. 6:7-9; Sal. 89:3, 4, 35, 36.)

Por consiguiente, en conformidad con este pacto del reino, Jehová permitió que David extendiese su dominio territorial desde el río de Egipto hasta el Éufrates, asegurando sus límites, manteniendo la paz con el rey de Tiro, batallando y venciendo a sus opositores en todos los flancos: filisteos, sirios, moabitas, edomitas, amalequitas y ammonitas. (2 Sam. 8:1-14; 10:6-19; 1 Rey. 5:3; 1 Cró. 13:5; 14:1, 2; 18:1-20:8.) Estas victorias concedidas por Dios hicieron de David un gobernante muy poderoso. (1 Cró. 14:17.) De todos modos, David siempre fue consciente de que la posición que ocupaba no era suya por conquista o herencia, sino que era por la voluntad de Jehová, quien le había colocado en el trono de esta teocracia típica. (1 Cró. 10:14; 29:10-13.)

Los pecados le traen calamidad

Durante la prolongada campaña contra los ammonitas, ocurrió uno de los episodios más lamentables de la vida de David. Todo empezó cuando el rey, al observar desde su azotea a la hermosa Bat-seba bañándose, abrigó malos deseos. “El deseo, cuando se ha hecho fecundo, da a luz el pecado.” (Sant. 1:14, 15.) Al saber que su esposo Urías estaba en la guerra, David hizo que le trajesen a esta mujer a su palacio, y allí tuvo relaciones con ella. Con el tiempo, ella le notificó al rey que estaba encinta. David envió rápidamente un mensaje al ejército: Urías debía presentarse ante él en Jerusalén, con la esperanza de que pasara la noche con su esposa. Pero aunque David le emborrachó, Urías rehusó dormir con Bat-seba. En su desesperación, David le envió de regreso al ejército con una instrucción secreta al comandante Joab: que le pusiese en primera línea, donde con seguridad encontraría la muerte. El ardid tuvo éxito. Urías murió en la batalla, su viuda observó el período de duelo acostumbrado y luego David se casó con ella antes de que la gente de la ciudad se percatara de que estaba encinta. (2 Sam. 11:1-27.)

Pero Jehová había visto sus hechos y sacó a luz el comportamiento reprensible de David. Por boca del profeta Natán, Jehová expresó: “Aquí estoy levantando contra ti calamidad procedente de tu propia casa”. (2 Sam. 12:1-12.)

Y así resultó ser. El niño nacido del adulterio con Bat-seba murió pronto, a pesar de que David ayunó y estuvo de duelo por el niño enfermo durante siete días. (2 Sam. 12:15-23.) Después Amnón, hijo primogénito de David, violó a su propia medio hermana Tamar, y posteriormente fue asesinado por el hermano de ella para congoja de su padre. (2 Sam. 13:1-33.) Más tarde, Absalón, el tercer hijo de David y el amado de su padre, no solo intentó usurpar el trono, sino que abiertamente despreció y públicamente deshonró a su padre al cohabitar con sus concubinas. (2 Sam. 15:1-16:22.) Finalmente, la humillación alcanzó su grado máximo cuando una guerra civil sumió al país en una lucha de hijo contra padre, finalizando con la muerte de Absalón, para tristeza de su padre y contrariamente a su deseo. (2 Sam. 17:1-18:33.) Huyendo de Absalón, David compuso el Salmo 3, en el que dice: “La salvación pertenece a Jehová”. (Vs. 8.)

Pero a pesar de todas sus faltas y graves pecados, David siempre mostró la condición de corazón apropiada, arrepintiéndose y suplicando el perdón de Jehová. Esta actitud es manifiesta después de pecar con Bat-seba, tras lo cual David escribió el Salmo 51, donde dice: “Con error fui dado a luz [...] en pecado me concibió mi madre”. (Vs. 5.) Otra ocasión en la que David humildemente confesó su pecado fue cuando Satanás le incitó a hacer un censo de los hombres capacitados para sus fuerzas militares. (2 Sam. 24:1-17; 1 Cró. 21:1-17; 27:24; véase INSCRIPCIÓN.)

Compra del lugar para el templo

Cuando la peste que resultó de este último error del rey se detuvo, David compró la era de Ornán y dio el ganado vacuno y el trillo como sacrificio a Jehová. Fue en este lugar donde Salomón más tarde construyó el magnífico templo. (2 Sam. 24:18-25; 1 Cró. 21:18-30; 2 Cró. 3:1.) David siempre tuvo en su corazón la intención de construir el templo, y aunque no se le permitió hacerlo, sí se le concedió organizar a muchos trabajadores para labrar piedras y recoger materiales: 100.000 talentos de oro y 1.000.000 de talentos de plata, así como cobre y hierro sin medida. (1 Cró. 22:2-16.) De su fortuna personal David contribuyó oro de Ofir y plata refinada. David también hizo —por inspiración divina— los planos y organizó a las decenas de miles de levitas en sus muchas divisiones de servicio, así como un gran coro de cantores y músicos. (1 Cró. 23:1-29:19; 2 Cró. 8:14; 23:18; 29:25; Esd. 3:10.)

Fin del reinado

En los últimos días de su vida el rey David, ya con setenta años y confinado en su cama, continuó segando calamidad dentro de su familia. Su cuarto hijo, Adonías, sin que su padre lo supiera o diera su consentimiento y, lo que es más importante, sin la aprobación de Jehová, intentó establecerse como rey. Cuando estas noticias llegaron a David, obró rápidamente para que su hijo Salomón, escogido por Jehová, fuese instalado oficialmente como rey y se sentase en el trono. (1 Rey. 1:5-48; 1 Cró. 28:5; 29:20-25; 2 Cró. 1:8.) David entonces aconsejó a Salomón que anduviera en los caminos de Jehová, guardase sus estatutos y mandamientos y que actuase prudentemente en todo. Obrando así, prosperaría. (1 Rey. 2:1-9.)

Después de reinar cuarenta años, David murió y fue enterrado en la Ciudad de David. Fue merecedor de aparecer en la notable lista registrada por Pablo de los testigos que sobresalieron por su fe. (1 Rey. 2:10, 11; 1 Cró. 29:26-30; Hech. 13:36; Heb. 11:32.) Citando del Salmo 110, Jesús dijo que David lo había escrito “por inspiración”. (Mat. 22:43, 44; Mar. 12:36.) Los apóstoles y otros escritores de la Biblia reconocieron con frecuencia a David como profeta inspirado por Dios. (Compárese Salmos 16:8 con Hechos 2:25; Salmos 32:1, 2 con Romanos 4:6-8; Salmos 41:9 con Juan 13:18; Salmos 69:22, 23 con Romanos 11:9, 10; Salmos 69:25 y 109:8 con Hechos 1:20.)

PERSONAJE PICTÓRICO

Los profetas hablaron a menudo de David y de su casa real, algunas veces en relación con los últimos reyes de Israel que se sentaron en “el trono de David” (Jer. 13:13; 22:2, 30; 29:16; 36:30), y otras, en un sentido profético. (Jer. 17:25; 22:4; Amós 9:11; Zac. 12:7-12.) En ciertas profecías mesiánicas se destaca el pacto real de Jehová con David. Por ejemplo, Isaías dice que aquel que se llama “Maravilloso Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz” será firmemente establecido en el trono de David “hasta tiempo indefinido”. (Isa. 9:6, 7; compárese también 16:5.) Jeremías asemeja al Mesías a “un brote justo” que Jehová “le [levantará] a David”. (Jer. 23:5, 6; 33:15-17.) Por medio de Ezequiel, Jehová habla del pastor mesiánico como “mi siervo David”. (Eze. 34:23, 24; 37:24, 25.)

Al decirle a María que tendría un hijo llamado Jesús, el ángel declaró que “Jehová Dios le dará el trono de David su padre”. (Luc. 1:32.) Según los historiadores Mateo y Lucas, “Jesucristo, hijo de David”, era tanto heredero legal como natural al trono de David. (Mat. 1:1, 17; Luc. 3:23-31.) Pablo dijo que Jesús era la prole de David según la carne. (Rom. 1:3; 2 Tim. 2:8.) La gente común también identificó a Jesús como el “Hijo de David”. (Mat. 9:27; 12:23; 15:22; 21:9, 15; Mar. 10:47, 48; Luc. 18:38, 39.) Y esto era algo muy importante, pues, como reconocían los fariseos, el Mesías tenía que ser hijo de David. (Mat. 22:42.) El propio Jesús, ya resucitado, también dio testimonio, diciendo: “Yo, Jesús, [...] soy la raíz y la prole de David”. (Rev. 22:16.) Este es el “que tiene la llave de David”, y es “la raíz de David”. (Rev. 3:7; 5:5.)

[Diagrama de la página 412]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

BOAZ

Rut

OBED

JESÉ

Familia de Jesé

Eliab (Elihú)

Abinadab

Samah (Simeá, Simeah, Simeí)

Netanel

Radai

Ozem

-no nombrados-

DAVID

Esposas de David Hijos de David

Mical —

Ahinoam Amnón

Abigail Daniel (Kileab)

Maacá Absalón

Tamar

Haguit Adonías

Abital Sefatías

Eglá Itream

-no nombrados-

Simeá (Samúa)

Bat-seba Sobab

Natán MARÍA

Salomón (Jedidías) JOSÉ

por esposas y

concubinas

no nombradas Ibhar

Elisúa (Elisamá)

Noga

Elifélet (Elpélet)

Néfeg

Jafía

Elisamá

Beeliadá (Eliadá)

Elifélet

Jerimot

Sobrinos de David

Abisai

Zeruyá Joab

Asahel

Abigail Amasá

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