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  • Cómo permanecer joven a la vez que envejece
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  • En un campo de concentración... por poco
  • El fin... y sin embargo el principio
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¡Despertad! 1981
g81 8/12 págs. 5-12

Cómo permanecer joven a la vez que envejece

Por el corresponsal de “¡Despertad!” en la República Federal de Alemania

A PESAR de tener 94 años de edad, el hombre de ojos brillantes que estaba sentado frente a mí se veía sorprendentemente joven y lozano. Pensé para mí que era él la persona indicada para leer y evaluar mi manuscrito antes de que se publicara. Se trataba de un artículo intitulado, “Cómo permanecer joven a la vez que envejece.” Pero primero me interesaba saber cuál era el secreto de Wilhelm Hillmann para permanecer “joven.” Le pregunté y esperé la respuesta.

“¿Que cuál es el secreto para permanecer joven?,” repitió mi pregunta mientras reflexionaba. “Pues, qué bueno que le preguntara a un ‘viejo águila’ como yo.”

Me pregunté qué significaría la expresión “viejo águila.” Más tarde habría de entender la expresión.

“En primer lugar, creo que para permanecer joven es necesario tener una meta en la vida. Yo ya tenía la mía cuando era adolescente.” Pausó y sonrió mientras decía: “No me di cuenta en aquel entonces de que mis metas habrían de cambiar, de que pasarían más de 60 años antes de que hallara mi meta verdadera. Pero durante mi adolescencia me fascinaban los veleros. Decidí entonces que mi meta para cuando creciera sería la de construir veleros. Cuando completé mis estudios escolares, trabajé como aprendiz en los astilleros del puerto de Bremerhaven en el norte de Alemania. Entonces en 1905 uno de mis sueños se hizo realidad. Se me permitió hacer mi primer viaje por mar —no en un buque cualquiera— sino en el Preussen, el más famoso velero de aquel tiempo y el más grande velero de cinco mástiles que jamás se haya construido.”

Desde el otro lado de la mesa me pasó una fotografía para que yo la viera. Era una fotografía del Preussen, y se veía muy impresionante.

Dijo a continuación: “Teníamos que transportar salitre desde Chile. La travesía alrededor del cabo de Hornos duraba 68 días. ¡Qué experiencia para un joven de 19 años de edad! Recuerdo las tormentas... ¡el viento y el granizo nos golpeaban el rostro violentamente hasta casi hacerlo papilla! Y no era tarea fácil el mantener las velas bajo control. En cierta ocasión en que estuve trabajando hasta el límite de mis fuerzas en lo alto entre las velas, un marinero que estaba cerca me dijo, gritando para hacerse oír sobre el viento que soplaba: ‘Solamente Dios puede ayudarnos ahora.’ Le contesté: ‘Y lo hará.’ Aun cuando era joven, nunca dudé de que el hombre dependa de Dios.”

Un cambio de metas

Me interesaba saber si mi envejecido amigo realmente había llegado a ser constructor de veleros en su vida adulta.

“Bueno, se me aconsejó que no lo hiciera,” contestó, “y fue acertado el consejo; pues, a principios del siglo veinte los veleros ya estaban desapareciendo. Y no me interesaba en absoluto construir buques de vapor. ¿Pero qué tal si combinaba mi amor por el mar con el volar? Los aeroplanos que teníamos en aquel tiempo no podían volar sobre el Atlántico hasta América. Por eso, me parecía que lo que necesitábamos eran buques voladores, lo que ahora llamamos hidroaviones. Tenía una nueva meta.

“El 10 de octubre de 1913 fue un gran día en mi vida. Sujetaba fuertemente mi licencia oficial de piloto, pues poseía ahora lo que en años posteriores haría que calificara para llegar a ser un ‘viejo águila.’”

De nuevo usó esa expresión... me parecía que requería una explicación, así que la pedí.

“Bueno, en 1934 se formó una asociación de vuelo conocida como los ‘Viejos Águilas,’” explicó él. “Cualquier piloto que hubiera obtenido su licencia antes del comienzo de la I Guerra Mundial podía ser miembro de la asociación. Logré ser miembro por un escaso margen, pues había conseguido mi licencia menos de un año antes de comenzar la guerra.

“En el ínterin un inglés —al que más tarde se le otorgó el título de caballero, Sir Thomas Sopwith— había construido un hidroavión de un solo casco o flotador. De modo que fui a Inglaterra, allá aprendí a pilotar hidroaviones y entonces regresé a mi país como el primer piloto de hidroaviones de Alemania. Ahora podría comenzar a edificar mi propia nave.

“Dentro de poco, el gobierno alemán se interesó en comprar uno de los hidroaviones de Sopwith, pero la compra había de hacerse en secreto. Por eso, un ciudadano particular, el capitán von Pustau, hizo el pedido del avión y me envió a Inglaterra a supervisar la construcción de éste.

“Cuando se terminó de construir el avión, uno de los ‘amigos’ del capitán von Pustau —que en realidad era un inspector encubierto del gobierno— vino para la entrega del avión. Se me pidió que lo llevara en un vuelo de prueba. Después que estábamos en el aire, me instruyó que volara sobre Portsmouth. Ahora bien, por lo general eso estaba prohibido, pues Portsmouth era un importante puerto naval. Pero él estaba resuelto a hacerlo. Accedí.

“La mañana siguiente von Pustau entró apresuradamente en mi hotel, hablando sin mucha coherencia: ‘¡Hillmann, prepare sus maletas —su vuelo sobre Portsmouth— nos van a arrestar por espionaje!’ Me llenó las manos de libras esterlinas y desapareció. Me preguntaba, ¿qué debo hacer ahora?

“La policía me obligó a permanecer en mi hotel. Pasaron varios días. Comencé a planear cómo escaparme secretamente durante la noche. El avión era nuestro; habíamos pagado por él. Y a la velocidad que yo viajaría —el avión podía volar a 110 kilómetros por hora— nunca me alcanzarían.

“Mientras tanto, el que había sido mi instructor de vuelo en Inglaterra —habíamos llegado a ser buenos amigos— intervino en mi favor y arregló el asunto. Partí para Alemania inmediatamente. Todavía no había cumplido los 30 años, esperaba poder disfrutar de una vida llena de actividad en el futuro. ¡Y entonces... LA GUERRA!”

Volando durante la guerra y después de ella

“Como piloto de combate durante la guerra de 1914 a 1918, aprendí por experiencia propia los horrores de la guerra. Una experiencia que tuve me dejó una impresión duradera. En una batalla aérea el famoso as de la aviación, el francés Védrines, derribó mi avión. Sin embargo, tan pronto como vio que mi avión estaba inservible, se alejó en vez de venir a darme el golpe de gracia. Me estrellé mientras aterrizaba y permanecí inconsciente bajo los escombros del avión. Las tropas francesas que se hallaban en las trincheras cercanas no hicieron esfuerzo alguno por impedir que mis amigos me rescataran.

“¡Cuán agradecido estaba a Dios de estar vivo todavía! Pero la consideración que Védrines y las tropas francesas me habían mostrado me impresionó también. ¿Por qué estábamos tratando de matarnos los unos a los otros? La guerra parecía tan contranatural. Decidí que de allí en adelante haría todo lo que pudiera para promover la amistad entre los alemanes y los franceses.

“Esta llegó a ser todavía otra meta que llegué a tener, junto con la de construir hidroaviones. Años después, como premio por lo que hice en relación con este nuevo empeño, se me nombró ciudadano honorario de París. Pero, aun ésta no fue la meta que habría de cambiar mi vida más tarde... ésa todavía estaba por venir.”

El tiempo se nos iba escapando y mi manuscrito no había ido más allá de la mesa que había entre los dos. Pero, ¿quién podría culparme por haberme dejado apartar del propósito de mi visita? Pregunté a mi interlocutor: “¿Quiso usted dejar de volar como resultado de las experiencias que tuvo en la guerra?”

“No, no se puede obligar a un ‘viejo águila’ a permanecer en tierra. De hecho, cada año voy al sur de Francia, donde todavía disfruto de la emocionante experiencia de volar en planeador.”

“¿A los 94 años de edad?,” exclamé.

Él respondió: “Usted me preguntó qué me mantenía joven. Siempre he tratado de vivir para el futuro y no preocuparme del pasado. Esto me ha ayudado a mantenerme joven. Además, en la vida, de una manera u otra, todos pasamos por situaciones en las que escapamos por un pelo. Como la experiencia que tuve en 1926... y todo ello debido a un paracaídas.”

Puse a un lado una fotografía en la cual él se hallaba en un avión antiguo, un recuerdo de antaño, y escuché.

“Era una brumosa mañana de enero y yo había ido a renovar mi licencia de piloto. Según el pronóstico del tiempo, el nivel inferior del banco de nubes estaba a 180 metros de altura. Pero a 360 metros todavía me hallaba rodeado de una bruma espesa. Súbitamente empecé a tener problemas con el avión; apenas podía controlarlo.

“Ahora bien, en aquel entonces no todos los aviones tenían paracaídas. Pero por fortuna éste tenía uno. Tan pronto como yo saltara del avión, una cuerda de 25 metros de largo, un extremo de la cual estaba amarrado al paracaídas y el otro al avión, haría que el paracaídas se abriera. Recuerdo que en oración pregunté a Dios: ‘¿Debería saltar o no?’

“Como si hubiese sido la respuesta a mi oración, una idea cruzó mi mente. Hice descender el avión en picado abrupto y lo levanté al hallarme a 150 metros de altura. Al ascender el avión a sacudidas, oí unos chasquidos fuertes. Se había formado hielo en las alas y ahora éste se estaba quebrando. Esto era lo que había causado el problema. Aterricé sano y salvo. En ese preciso momento un oficial del aeropuerto que pasaba por allí miró el avión y gritó: ‘¿Quién demonios olvidó atar la cuerda del paracaídas al avión?’ Si yo hubiese saltado, ¡este ‘viejo águila’ de seguro se hubiera convertido en un ‘pichón muerto’!”

Me era grato ver que él no había permitido que la vejez le robara su sentido del humor.

En un campo de concentración... por poco

“Durante el régimen nazi yo era el ingeniero principal de Weser-Flug, una fábrica de aviones en Brema. Aunque me hallaba a cargo de más de 5.000 obreros, rehusé unirme al partido nazi. No podía estar de acuerdo con la política de Hitler. Debido a esto, por poco me meto en un aprieto grave.

“En 1939 la compañía Weser-Flug me envió a Berlín a supervisar la construcción de una segunda fábrica. Esta había de estar situada en el aeropuerto Tempelhof, aeropuerto que más tarde llegó a ser mundialmente famoso durante el puente aéreo de Berlín que se efectuó de 1948 a 1949. Los capataces nazis que estaban asignados a trabajar bajo mi dirección querían construir una plataforma grande contigua a uno de los edificios centrales para que Hitler pronunciara sus discursos desde allí cuando se hallara en Berlín. Puesto que no vi que esto fuera necesario, lo eliminé de los planos. Les dije: ‘No necesitamos un escenario para construir aviones.’

“Por éste y otros ‘delitos menos graves’ pronto fui a parar en los tribunales. Pero mi superior en Weser-Flug vino a mi rescate y dijo a Goring: ‘Si se llevan a Hillmann pueden olvidarse de Tempelhof.’ De modo que se me puso en libertad y pude trabajar en la construcción del aeropuerto hasta dejarlo terminado, más o menos en la forma que todavía tiene hoy.”

El fin... y sin embargo el principio

“La guerra había terminado. Yo tenía 59 años de edad, estaba sin trabajo, y no podía construir buques ni aviones. ¡La juventud, con todas sus metas y todos sus sueños, había venido y se había ido... y todo había sucedido tan rápidamente! Pero no podía aceptar la idea de no trabajar. Necesitaba sentirme como alguien que todavía podía ser un miembro útil de la sociedad.

“Pasé nueve años difíciles de la posguerra buscando un empleo adecuado, hasta que encontré uno en una ciudad que estaba bastante lejos de mi hogar. Aunque ya tenía 68 años de edad, mantuve el empleo hasta cumplir los 81 años. Entonces mi carrera llegó a su fin. Pero algo mucho mayor estaba por comenzar, una meta que yo nunca pudiera haberme imaginado antes. Verá usted, se trata de . . .”

Fue interrumpido por su esposa que acababa de entrar en la sala. “¿No les gustaría tomarse una taza de té?,” preguntó ella. Le di las gracias por los refrigerios que había puesto delante de mí. Aprovechando la interrupción, empujé mi manuscrito hasta el otro lado de la mesa donde se hallaba Wilhelm y entablé una breve conversación con la esposa. Con el rabillo del ojo vi que él tomó las hojas de papel mecanografiadas y se puso los espejuelos. Leyó lo siguiente en el artículo que intitulé:

“CÓMO PERMANECER JOVEN A LA VEZ QUE ENVEJECE”

MIENTRAS visitaba a unos amigos, me volví al hijo de ellos y le pregunté: “¿Qué edad tienes, Werner... 13 años?” Un poco molesto Werner no tardó en contestarme: “¡No, ya voy a cumplir 14!”

Los jóvenes apenas pueden esperar hasta que lleguen a ser mayores, y muchos de ellos harán lo indecible para hacer creer a uno que son mayores de lo que realmente son... quizás por medio de vestirse como los mayores, por medio de cuidadosamente dejarse crecer una barba o un bigote, o simplemente por medio de adoptar un aire afectado de adulto. Nada desinfla más rápidamente el ego en ciernes del aspirante a adulto que el que se le trate como a uno que tiene la edad que él o ella realmente tiene; nada los lisonjea más que el que se les trate como al adulto que tan desesperadamente están tratando de ser.

Pero la juventud es efímera. A medida que la salud le falla y las circunstancias lo obligan a disminuir el paso, ese joven que aspira a ser adulto muy pronto se convierte en un adulto que aspira a ser joven. ¡Cómo se anhela volver a aquellos “buenos tiempos de antaño”! ¿Recuerda el tiempo en que todavía podía leer sin anteojos?, ¿comer sin tener que luchar con una dentadura postiza que se sale de sitio?, ¿que no sufría de dolor de espalda ni tenía los pies planos? Y ¿qué hay de aquel tiempo en que podía recordar las cosas sin tener que ponerlas por escrito, en vez de que, como ahora sucede, se le olvide leer lo que ha escrito como recordatorio?

Y ¿quién sino un anciano conoce realmente la tristeza que acompaña a la vejez? ¿Qué adolescente posiblemente puede conocer el dolor que resulta de perder a un cónyuge que le ha acompañado a uno por varias décadas, o la soledad que se siente después de perder esta compañía devota? ¿O quién sino un anciano conoce la inseguridad que se siente cuando le está fallando la vista, o el oído se está poniendo defectuoso y el cuerpo está débil? ¿O quién mejor que un anciano sabe lo que es luchar para pasar el mes con una pequeña pensión? ¿O quién más conoce el vacío que se siente al pensar: “¿Estaré vivo la próxima primavera para oír a los petirrojos cantar otra vez?”

Sin embargo, por problemática que sea la vejez tiene sus ventajas. Los años de experiencia han ayudado al anciano a tener mayor discernimiento y entendimiento de los problemas que tienen las personas. Considere cuánto conocimiento ha acumulado. Ha llegado a ser más sabio, probablemente sea más equilibrado y es casi seguro que tenga un aprecio más profundo por la vida.

¡Qué maravilloso sería si fuera posible disfrutar de lo mejor de ambas cosas... del vigor físico de la juventud junto con la sabiduría y otros beneficios que vienen con la edad avanzada! Y hasta cierto grado usted puede hacerlo, pues aunque no se pueda alargar la vida, por lo menos tal vez pueda alargar su juventud. Pero, ¿cómo?

El envejecer no es solo asunto del cuerpo; también es asunto de la mente, sí, cuestión de actitudes. Tenga la esperanza de vivir por largo tiempo, tenga el deseo de permanecer joven, y aumentará la posibilidad de que llegue a lograr ambas metas. Se ha dicho que una persona comienza a envejecer el día que comienza a preocuparse por ello.

Piense como joven y en cosas que le hagan feliz

Esto obviamente excluye pasar el resto de su vida sentado en una mecedora en el pórtico de la casa, sin darse cuenta de lo que está sucediendo en el mundo. Manténgase al día. No se limite a asociarse con amigos de su propia edad, con quienes la tendencia es limitarse a hablar de las necrologías más recientes. Asóciese también con jóvenes. Escuche lo que ellos tienen que decir. Entérese de sus problemas. Ellos agradecerán su interés y usted se ganará el respeto de ellos. Además, de seguro se le pegará algo del entusiasmo, de la alegría y del optimismo de los jóvenes.

El dejar de sonreír no mejorará los aspectos desagradables de la vejez. Halle gozo en las cosas pequeñas. Experimente el mismo deleite que usted sentía como niño al observar a un gatito persiguiendo su propia cola. Deje que se le ilumine el rostro con el mismo fulgor que tenía cuando, de joven, se le sorprendía con un regalo.

Reemplace los pensamientos acerca de “morir con dignidad” por pensamientos más positivos como “vivir con un propósito.” Recuerde, un espíritu feliz y satisfecho puede hacer mucho en cuanto a reactivar a un cuerpo infeliz o descontento. Como lo expresó un centenario: ‘En el mar de la vida la alegría es nuestro salvavidas.’

Manténgase físicamente activo

Es esencial participar regularmente, aunque sea con moderación, en actividad física. Esta fortalece el corazón y los pulmones, mantiene a uno en forma y evita que los músculos se debiliten. Sea cual sea su preferencia (algún tipo de deporte o simplemente caminar distancias largas), eso lo ayudará a mantenerse activo físicamente.a

El ejercicio es especialmente importante si usted ha alcanzado la edad de la jubilación. El jubilarse no debería significar que debe estar inactivo. Manténgase ocupado, trabajando en algo que le interese. No disminuya el paso más de lo que es razonable y necesario. Sea como el hombre que, cuando se le dijo que debería comenzar a disminuir el paso, respondió con tono desafiante: “De ninguna manera. ¡Mientras pueda seguir moviéndome, no podrán enterrarme!”

Manténgase activo mentalmente

Así como el cuerpo se deteriora si no se usa, lo mismo sucede con la mente. Enriquezca su vida por medio de aumentar en conocimiento. Aprenda cosas que usted no tuvo el tiempo o la oportunidad de aprender antes... una destreza manual, otra lengua o a tocar un instrumento musical. Por ejemplo, ¿sabía usted que casi dos millones de estadounidenses de más de 55 años de edad han vuelto a la escuela y que muchos de ellos están estudiando ahora en colegios y universidades?

De hecho, en 1975 se abrió en Ginebra, Suiza, una universidad solo para estudiantes en edad de jubilarse. Comenzó con una matrícula de 600 estudiantes, y para 1979 ésta había aumentado a más de 2.000. Una revista científica alemana, al comentar sobre este hecho, dijo que los funcionarios de la universidad habían hallado que, “contrario a la idea popular de que las personas de edad avanzada no pueden aprender, se había probado que, en términos generales, la capacidad de asimilar información y la facultad de aprendizaje de éstos eran bastante normales.”

Vigile sus hábitos de comer y beber

Estudios que se han hecho en la aldea de Vilcabamba en Ecuador, una de las tres regiones del mundo conocidas por la longevidad de sus habitantes, revelan que las personas de este lugar comen frugalmente. Subsisten con una alimentación con pocas calorías y rica en carbohidratos complejos, como los que se hallan en las frutas, vegetales y granos, pero baja en azúcares y en grasas. Muchas personas hallan que las vitaminas son beneficiosas como suplemento para la nutrición. Las investigaciones parecen indicar que la vitamina E es especialmente eficaz en retardar el proceso de envejecimiento.

Contrario al fumar, que es perjudicial la salud aun cuando se hace con moderación, las bebidas alcohólicas por lo general son dañinas solamente cuando se participa de ellas en exceso. Con relación al beber, uno haría bien en prestar atención al consejo lógico y apropiado que en cierta ocasión ofreció un joven africano que dijo: “Recuerde, si usted bebe menos, vivirá más. Y si usted vive más, entonces podrá beber más.”

Permanezca tan independiente como pueda

No permita que personas más jóvenes que usted, aun cuando tengan buenas intenciones, lo hagan retroceder a los días de su niñez por medio de protegerlo en demasía o ser demasiado condescendientes en los tratos con usted. Si usted todavía puede vivir solo, viva solo. Si usted todavía puede atender su hogar, atiéndalo. Si usted todavía puede cocinar, cocine. Si usted todavía puede recortar el césped y lavar su propio automóvil, hágalo.

Por otro lado, si usted se ha debilitado física o mentalmente y necesita ayuda, acepte la ayuda que se le ofrece, haciéndolo con gracia y con gratitud. Deje que los demás le ayuden de acuerdo con su necesidad, no de acuerdo con su edad. De este modo usted mantendrá su dignidad y no tendrá motivo para sentirse culpable de imponer cargas innecesarias a otros.

No viva en el pasado

El atesorar recuerdos es excelente, pero el mantener demasiados vínculos físicos con el pasado, como lo son el conservar cartas y fotografías viejas, o el dedicar mucho tiempo a recordar, pueden abatirlo. En lugar de vivir en el pasado, enfréntese al presente, a la vez que hace planes para el futuro. Piense en lo que le gustaría hacer mañana o la próxima semana, y así cada día tendrá algo por lo cual vivir.

Los recuerdos del pasado pueden ser transplantados al presente. Por ejemplo, en lugar de ser como la viuda que dice: “No he hecho un pastel o torta desde que Carlos murió,” sorprenda a sus vecinos o amigos por medio de hacerles un pastel. Dígales: “Pensé que les gustaría. A Carlos le gustaba. De hecho, el pastel de chocolate era su favorito.” Por medio de hacer sentir felices a otros, usted mismo se sentirá feliz. De momento, ese recuerdo tan preciado ha cobrado un nuevo matiz.

Acepte lo que es obvio

Tenga en cuenta que usted ya no es tan joven como solía ser. Pero en realidad, ¿quién lo es? No piense que tiene que ir al mismo paso con los que tienen la mitad de su edad. No hay por qué tratar de “probar” que usted todavía es joven cuando es bastante obvio que no lo es. Envejezca con gracia, no dando excusas.

Nunca deje de estar agradecido por la oportunidad que ha tenido de envejecer. Millones de jóvenes, cuyas vidas han terminado prematuramente, nunca tuvieron esa oportunidad. No sea como el joven, que, cuando se levanta por la mañana, se queja de que tiene que levantarse; sea como el anciano que se regocija de que todavía puede levantarse.

—Fin—

De vez en cuando Wilhelm se reía entre dientes y sonreía mientras leía el manuscrito, y al llegar a ciertos puntos meneaba la cabeza en señal de aprobación. Interpreté estas reacciones como indicaciones de que le agradaba lo que leía, pero, como la mayoría de los escritores, sentí un poco de temor en cuanto a lo que sería el veredicto.

“El artículo es bueno... informativo y provechoso. Aun queda un punto adicional.”

Su nueva meta... permanecer joven para siempre

“Mientras todavía trabajaba fuera de la ciudad, pues trabajé allí hasta que cumplí 81 años,” explicó Wilhelm Hillmann, “mi esposa comenzó a estudiar sistemáticamente la Biblia. Durante los fines de semana regresaba a casa para estar con ella. En cierta ocasión estuve en casa durante toda la semana y pude tomar parte en el estudio que ella estaba teniendo con los testigos de Jehová. El estudio fue muy interesante. Más tarde, cuando dejé de trabajar, participé regularmente del estudio.

“Durante los estudios aprendí que el propósito original de Dios para el hombre era que éste viviera para siempre y que nunca envejeciera. Fue muy emocionante aprender que el reino de Dios pronto llevará a cabo ese propósito original. Entonces se cumplirán las profecías bíblicas, como la que se halla en Revelación 21:4, que dice: ‘Y él [Dios] limpiará toda lágrima de sus ojos, y la muerte no será más, ni existirá ya más lamento ni clamor ni dolor. Las cosas anteriores han pasado.’

“Aprendí que, entre las ‘cosas anteriores’ que han de pasar está la vejez con sus problemas y dificultades. Mi esperanza aumentó a medida que se me dijo que podría vivir para ver cómo se cumplían —en mí y en otros— estas palabras de Job 33:25: ‘Que su carne se haga más fresca que en la juventud; que vuelva a los días de su vigor juvenil.’

“Poco a poco, la Biblia, que hasta ese entonces yo había considerado un libro interesante pero puramente histórico, llegó a ser para mí un libro que da fe. Finalmente, ya bien entrado en mis 80 años, fui bautizado para llegar a ser testigo de Jehová.

“Cuando me encuentro con algunos de mis amigos de tiempo atrás, me dicen que no parece que esté poniéndome viejo. Yo les digo que posiblemente tengan razón, y paso a explicarles el porqué.”

Pasándome la Biblia, me señaló a Isaías 40:30, 31 y me dijo que lo leyera: “Los muchachos se cansarán y también se fatigarán, y los jóvenes mismos sin falta tropezarán, pero los que están esperando en Jehová recobrarán el poder. Se remontarán con alas como águilas.”

“Nadie debería pensar que es demasiado viejo para aprender acerca de Jehová y para cifrar su esperanza en él,” comentó. “¡Se lo dice un ‘viejo águila’! La esperanza consiste en saber que en el nuevo sistema de Dios podemos avanzar en años por la eternidad y sin embargo por toda la eternidad permanecer jóvenes.”

[Nota a pie de página]

a Para sugerencias adicionales, vea el artículo “¿Ayuda de veras el hacer ejercicios?” en la ¡Despertad! del 22 de febrero de 1981.

[Comentario en la página 6]

“En una batalla aérea el famoso as de la aviación, el francés Védrines, derribó mi avión”

[Comentario en la página 7]

“¡La juventud, con todas sus metas y todos sus sueños, había venido y se había ido... y todo había sucedido tan rápidamente!”

[Comentario en la página 10]

El vacío que se siente al pensar: “¿Estaré vivo la próxima primavera para oír a los petirrojos cantar otra vez?”

[Comentario en la página 11]

“Aprendí que el propósito original de Dios para el hombre era que éste viviera para siempre y que nunca envejeciera”

[Ilustración en la página 8]

El “Preussen,” famoso velero de cinco palos en el que Hillmann navegó alrededor del cabo de Hornos

[Ilustración en la página 9]

El “Viejo águila” con uno de sus primeros aeroplanos. A los 94 años de edad todavía vuela planeadores cada año

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