Yo vivía para volar
SE ACERCA el fin del invierno de 1960... con más exactitud, es la mañana del 10 de marzo de 1960. Me comunico con la torre de control de Büchel en el Eifel, Alemania, pidiendo instrucciones para aterrizar. Sin demora recibo la respuesta: “A.B. 234, aterrizaje permitido.” Entonces recibo el número de la pista y la velocidad y dirección del viento.
Tomo las medidas usuales para disminuir la velocidad. La tierra parece subir disparada hacia mí. Muevo la palanca hacia atrás, completo las medidas pertinentes, toco tierra. Al fin de la pista me vuelvo hacia la zona de estacionamiento. El ruido del avión de reacción se va apagando, y al fin cesa. Me suelto el cinturón del paracaídas, y salgo de un salto del bombardero de combate tipo F-84-F.
Este es mi último vuelo. Nunca más tomaré una “palanca” en mi mano para dirigir un avión de combate. Eso fue lo que decidí a fines del invierno de 1960, y todavía concuerdo en esa decisión.
INTENSO AMOR Al VUELO
Si usted considerara cuánto me gustaba el vuelo, se daría cuenta de lo difícil que fue esta decisión para mí. De niño, mis ojos anhelantes seguían los movimientos de todo avión en el cielo. Cuando tenía seis o siete años de edad mis padres nos llevaron a mi hermano y a mí a un aeropuerto cerca de nuestra casa en Gleiwitz, Alemania. Contemplé fascinado el aterrizaje y despegue de los aviones. A mis padres les costó trabajo tratar de alejarme del aeropuerto. Volar llegó a ser mi mayor deseo.
En 1939, cuando yo tenía solo trece años de edad, estalló la segunda guerra mundial. Me pesaba que no tuviera la oportunidad de distinguirme como piloto de combate, pues en aquel tiempo todos estábamos seguros de que la guerra terminaría pronto. Pero la guerra se extendió por más tiempo de lo que esperábamos. Ingresé en la organización de la Juventud de Hitler, como se requería de casi todos los jóvenes. Aquí se me presentó la oportunidad de recibir entrenamiento preliminar de vuelo, y rápidamente me aproveché de ello. Aprendí a dirigir un planeador. Mi sueño, mi meta, parecía estar realizándose. Mi entusiasmo por el vuelo aumentó.
Con el permiso de mis padres, a la edad de dieciséis años me ofrecí como voluntario para la Fuerza Aérea Alemana. Pasé todas las pruebas, y me llamaron para entrenamiento de oficial a principios de 1944. Sin embargo, para cuando recibí mi licencia de piloto la guerra estaba terminando. La famosa Luftwaffe de Alemania había sufrido tremendas pérdidas en aviones, y nunca tuve la oportunidad de dirigir un avión en combate. Me capturaron, y fui a dar al campo de prisioneros de guerra de Munsterlager.
Parecía que había perdido para siempre la oportunidad de volar, puesto que Alemania se vio en malos tiempos después de la guerra. Después de regresar del campo de prisioneros de guerra, me fui a trabajar en las minas de sal para poder recibir más estampillas de racionamiento para víveres. Me había casado en 1949, y por lo menos mi trabajo me permitía alimentar a mi familia. Pero el trabajo en las minas no me satisfacía, de ninguna manera. Todavía tenía un deseo consumidor de volar, y observaba con anhelo el vuelo de los veloces aviones de combate ingleses y norteamericanos de propulsión a reacción. Por eso, cuando en 1954 oí la noticia de que Alemania se rearmaría, que volvería a tener una fuerza aérea, me alborocé.
Aproveché la oportunidad, y solicité entrada en la Fuerza Aérea. Pasé las nuevas pruebas de aptitud e idoneidad para el vuelo y me aceptaron. En junio de 1956 me comisionaron como subteniente en la nueva Fuerza Aérea Alemana. Entonces aprendí a dirigir los modernos aviones de combate a reacción. Una vez que hube sido instruido fui ascendido a capitán, y llegué a ser maestro de vuelo y piloto de pruebas.
¡Qué inmensa diferencia! Anteriormente, estaba a 600 metros bajo tierra en las minas. Ahora estaba a 15.000 metros en en cielo. Había alcanzado la meta de mis sueños. Miraba al futuro con optimismo. Me parecía que tenía asegurada la subsistencia. ¿Quién podría hacerme bajar de estas alturas?
¿HAY UN DIOS CON PROPÓSITO?
En el ínterin mis padres se habían mudado de Sachsen en Alemania Oriental a la República Federal de Alemania. Mientras estuvieron en Sachsen habían comenzado a estudiar la Biblia con los testigos de Jehová y, con el tiempo, aceptaron las verdades bíblicas que estaban aprendiendo. Habiéndose mudado a Cochem, no lejos de donde vivíamos mi esposa y yo, a menudo nos visitaban y nos hablaban acerca de la maravillosa esperanza que habían adquirido en cuanto al futuro. Pero yo simplemente me reía de sus ideas de una nueva tierra pacífica. ¿Por qué?
Entre otras cosas, yo sabía lo alejada de la verdad que parecía aquella expectativa, puesto que mi posición me permitía saber lo fuertemente que se estaban armando las naciones con armas de destrucción. Además, mis padres me habían criado en la religión católica romana, y yo no tenía ninguna intención de cambiar ahora. Me parecía que mi padre simplemente se estaba poniendo viejo, y sencillamente buscaba su salvación por medio de profetas como los testigos de Jehová.
No obstante, mis padres me trajeron una Biblia, y puesto que me lo pidieron, empecé a leerla. Pero tengo que admitir que no comprendí ni una sola palabra de lo que leí. En la siguiente visita que me hicieron les devolví la Biblia con el comentario de que ningún individuo humano sensato podría comprenderla. Yo simplemente no estaba dispuesto a escuchar a Dios.
Sin embargo, cada vez que mis padres y yo nos reuníamos surgían conversaciones acerca del Dios Todopoderoso Jehová, y acerca de sus propósitos. Mis padres alegaban que Jehová Dios se proponía crear un nuevo orden, y que sus súbditos terrestres podrían disfrutar de vida eterna en una Tierra en la cual la belleza paradisíaca habría sido restaurada. Irritado por una conversación de éstas, llegué al grado de decir: “Todavía no ha nacido el Dios que pueda alejarme de volar.”
Sin embargo, mis padres fueron pacientes. Mi padre especialmente no dejó de mostrarme evidencia lógica de que para que nuestra vida tuviera significado sencillamente tenía que haber un Creador Todopoderoso. Tuve que admitir que en realidad sí parecía razonable que Dios hubiera tenido algún propósito al crearnos y al crear nuestro hogar terrestre. Mi esposa especialmente empezó a quedar impresionada por los argumentos de mi padre. Me dijo: “No puedes refutar ni una sola cosa. Lo que los testigos de Jehová dicen suena a verdad y a lógica.”
Empecé a preguntarme: ¿Pudiera ser ésta realmente la verdad? ¿Qué propósito hay en la vida?
Lentamente empecé a ver las cosas desde un punto de vista diferente. Una tarde volvimos a visitar a mis padres. Esta vez ellos habían hecho arreglos para que yo escuchara un discurso bíblico que había sido grabado en cinta. Era una consideración del rescate. El discurso recalcaba especialmente el amor de Jehová y el amor de su Hijo Jesucristo. No pude comprender más de la mitad de él. Sin embargo, el discurso produjo su efecto. Desde entonces en adelante, en conversaciones que yo tenía con los testigos de Jehová decía: “Si solo pudiera creer todo eso.”
Un día un representante especial de los testigos de Jehová vino a vernos. Concordé en tener un estudio bíblico de casa, pues empezaba a ver que detrás de lo que decían los Testigos había más de lo que yo originalmente me había supuesto. Empezamos a estudiar la Biblia, utilizando la ayuda para el estudio bíblico De paraíso perdido a paraíso recobrado. Mi esposa y yo pronto empezamos a darnos cuenta de que lo que estábamos aprendiendo era la verdad tocante a los propósitos de Dios.
Me puse a adquirir conocimiento con velocidad fenomenal. Leí volúmenes enteros de La Atalaya, que los Testigos me trajeron. También empecé a orar. Ahora comprendía lo que estaba leyendo en la Biblia. También nos dimos cuenta de que teníamos que hacer algo en cuanto a ello. Mi esposa y yo concordamos en que debíamos asistir a las reuniones cristianas semanales de los testigos de Jehová.
UNA DECISIÓN IMPORTANTE
Sin embargo, en ese tiempo yo todavía servía en el escuadrón de bombardeo con aviones de reacción de la Fuerza Aérea Alemana. Pero mientras más estudiaba la Biblia, más patente se me hacía que el entrenamiento para librar guerra no era apropiado para mí. ¿Cómo podía continuar enseñando a los jóvenes a dirigir bombarderos de combate cuando la Biblia explica que el pueblo que sirve a Dios estaría tomando un derrotero diametralmente opuesto a ése? La Biblia dice que el pueblo de Dios en estos días ‘tendría que batir sus espadas en rejas de arado y sus lanzas en podaderas. No alzará espada nación contra nación, ni aprenderán más la guerra.’—Isa. 2:4.
Además, me parecía que el pertenecer a lo militar no estaba en armonía con las enseñanzas y el ejemplo de Jesucristo. Por ejemplo, él dijo a sus discípulos: “Les doy un nuevo mandamiento: que se amen unos a otros; así como yo los he amado, que ustedes también se amen los unos a los otros. En esto todos conocerán que ustedes son mis discípulos, si tienen amor entre ustedes mismos.”—Juan 13:34, 35.
Tomando en cuenta las enseñanzas de Cristo, yo simplemente no podía creer que si él estuviera en la Tierra hoy día se ocuparía en suministrar entrenamiento para pelear contra personas de una raza o nacionalidad diferente y matarlas. No me parecía razonable que él pudiera hacer tal cosa y todavía estar en consistencia con sus propias enseñanzas. Y, con el tiempo, aprendí que muchos cristianos primitivos habían pensado del mismo modo que yo en cuanto a ello.
Por ejemplo, descubrí que los cristianos de los primeros siglos no peleaban en los ejércitos imperiales de Roma. Un historiador moderno, Ernest William Barnes, en The Rise of Christianity, explicó: “Un repaso cuidadoso de toda la información disponible demuestra que, hasta el tiempo de Marco Aurelio, ningún cristiano se hizo soldado; y ningún soldado, después de llegar a ser cristiano, permaneció en el servicio militar.”
De modo que pensamientos como ésos acerca de llevar una vida cristiana habían estado pasando por mi mente por algún tiempo. Una noche a principios de 1960 yo regresaba de un vuelo y no pude aterrizar inmediatamente. La torre de control me dijo que me mantuviera en circuito de espera sobre el aeropuerto. Era una noche hermosa. Allá arriba, sobre mí, había magníficas estrellas, y allá abajo estaba el mar de luces de las ciudades y aldeas. Me encontraba a 6.000 metros de altura. Entonces le oré a Jehová y le pedí que me ayudara a tomar la decisión correcta.
Jehová sí me ayudó. Después de haberme identificado públicamente con los testigos de Jehová, me llamaron para que me presentara ante el comandante. En vez de atemorizarme, esto me alegró por la oportunidad que tenía para explicarle que había decidido hacerme testigo de Jehová.
Mis superiores me dieron unas vacaciones con el propósito de que llegara a una decisión final. Para que influyera en mí, me dieron una cantidad considerable de literatura que había sido escrita para “desenmascarar” a los testigos de Jehová. Con oración examine esta literatura, pero vi claramente que había sido escrita por personas que tenían motivos incorrectos y torcían la evidencia.
Mi superior insistió en que visitara al sacerdote militar católico. Sin embargo, usando la Biblia, y con la ayuda de los textos bíblicos alistados en el libro “Asegúrense de todas las cosas,” pude darle a éste un buen testimonio acerca del verdadero modo de vivir cristiano. Después de eso estuve más resuelto todavía a renunciar a lo militar.
Con confianza escribí mi renuncia. Es verdad que mi superior, así como mis compañeros, dudaban de mi cordura, pero yo estaba seguro de que mi decisión le agradaba a Jehová Dios. De modo que en junio de 1960 volví a ser civil.
BENDECIDO EN MI DECISIÓN DE SERVIR A DIOS
Ahora surgió un problema grande para mí: ¿Cómo me ganaría el sustento? ¿Tendría que renunciar a volar? ¿Me vería obligado a volver a trabajar en las minas? Todos mis esfuerzos por entrar en la aviación civil fueron en vano.
Oré intensamente a Jehová pidiéndole ayuda. Pensé en el texto bíblico de Malaquías 3:10, donde Jehová desafió a los israelitas a servirle dándole lo que él merecía. Si los israelitas lo hacían, Jehová prometía que entonces abriría las compuertas del cielo y vertería una bendición sobre ellos hasta que no hubiese más carencia. Eso es lo que ha sucedido en mi caso.
Solo unas dos semanas después de enviar mi renuncia, mi problema de ganarme la subsistencia se resolvió de una manera pasmosa. Con la ayuda de unos Testigos, encontré un puesto como empleado de una compañía de seguros. Para mí, parecía como si Jehová hubiera estado esperando ver qué decisión tomaría yo, para, una vez que la hubiera tomado a favor de su servicio, bendecirme abundantemente.
Mi esposa y yo dedicamos nuestra vida al servicio de Jehová Dios y simbolizamos nuestra dedicación por medio del bautismo en agua en julio de 1960. En 1968 mi esposa empezó a efectuar predicación de tiempo cabal, lo que se llama “servicio de precursor,” y más tarde yo me uní a ella en este servicio. Tuvimos excelentes oportunidades de servir en territorios donde había necesidad particular de proclamadores del Reino. Ahora sirvo de “superintendente de circuito” y visito una congregación diferente de testigos de Jehová cada semana para ayudarlos en la predicación.
Aunque es cierto que echo de menos el volar, puedo decir con honradez que el ayudar a otras personas a aprender los propósitos de Jehová Dios me da mayor satisfacción y gozo. Por eso, en vez de vivir para volar, ahora vivo para hacer la voluntad de nuestro amoroso Padre celestial.—Contribuido.
[Recuadro de la página 251]
Contentamiento
● Uno puede llegar a estar mucho más contento en la vida al aprender a sentirse feliz con lo que tiene en vez de preocuparse constantemente por lo que no tiene.