El carbón... todavía una cuestión candente
A PESAR de adelantos durante las postrimerías de este siglo XX, el trabajo en las minas subterráneas de carbón todavía se considera la profesión más peligrosa de los Estados Unidos. El trabajar a centenares de metros bajo la superficie terrestre, con miles de toneladas de carbón, roca y tierra a punto de atravesar el techo y gases volátiles, imperceptibles mediante el olfato, a punto de explotar... estas condiciones hacen peligrosa esta profesión. Se ha determinado que tan solo en los Estados Unidos han muerto en las minas más de 114.000 hombres desde el año 1910. Desde 1930, los mineros han sufrido más de 1.500.000 heridas que les han causado incapacidad física. Se informa que la cifra de muertes relacionadas con las minas asciende a más de mil anualmente. Una de las causas es la temida asma de los mineros (antracosis), enfermedad causada por el polvo de carbón.
“Los hombres son más baratos que el carbón”
Aunque las condiciones de trabajo bajo tierra han mejorado grandemente durante los últimos años, las condiciones de seguridad continúan siendo una cuestión candente. “Los explotadores de minas —dijo cierto escritor— han combatido tradicionalmente el gasto adicional de mayores medidas de seguridad como una amenaza para su producción y sus ganancias.” “Para los explotadores, los hombres son más baratos que el carbón”, es la acusación de algunos críticos. “Las grandes corporaciones preferirían que perdiéramos la vida en vez de perder ellas su dinero”, añadió cierto minero disgustado.
Además de los progresos que se han hecho para que la minería subterránea sea más segura que en el pasado, se han hecho aun mayores progresos en la minería del carbón mismo. En vez de enviar a hombres y muchachos debajo de la tierra con picos y palas, enormes máquinas grotescas extraen de las paredes de las minas hasta 12 toneladas de carbón por minuto. Estas máquinas recogen el carbón suelto y lo ponen en cintas transportadoras que lo llevan a la superficie.
Para evitar que el techo se desplome sobre los mineros a medida que la máquina desgasta la tierra y se abre paso a través de ella, poderosas y ensordecedoras perforadoras de percusión hacen agujeros profundos en la roca del techo, en los cuales se atornillan pernos de expansión para evitar derrumbamientos. Para contener el polvo de carbón y evitar, tanto como sea posible, el asma de los mineros y los peligros de una explosión, los mineros rocían con piedra caliza en polvo las galerías y demás sitios donde trabajan.
Sin embargo, por cada dispositivo útil y moderno que se ha desarrollado y cada máquina nueva que se ha diseñado para facilitar la extracción del carbón y hacerla más segura, los mineros han sufrido un efecto secundario desconsolador... el desempleo. Donde se empleaba a cinco mineros para producir una tonelada de carbón, ahora que hay máquinas más poderosas funcionando en la tierra, cuatro de esos hombres podrían eliminarse de la nómina. En algunos sectores azotó la pobreza extremada. Comunidades mineras enteras llegaron a empobrecer.
En el caso de los mineros que continuaron empleados surgió una nueva cuestión. Esos enormes monstruos mecánicos eran costosos, y los dueños de minas hacían muecas al imaginárselos detenidos siquiera por un momento. Querían que los mineros operaran las máquinas 24 horas al día, siete días a la semana. Los mineros se rebelaron y rehusaron trabajar los domingos. Esto se convirtió en una de las cuestiones claves de la huelga de mineros de carbón en 1981. Esta vez los dueños de minas recordaron la huelga que había habido tres años antes, la cual había durado 111 días, y cedieron.
A medida que fue llegando a su fin el año 1984, Inglaterra se vio de lleno en medio de la peor ola de violencia industrial en su historia posbélica... todo debido al carbón. En lo que se denominó “guerra declarada”, siete mil mineros de carbón que estaban en huelga pelearon una batalla campal con tres mil policías británicos en las calles de la ciudad. Protegidos tras barricadas de postes para líneas de conducción eléctrica que se habían desarraigado, los mineros lanzaron piedras, ladrillos y botellas, y hasta tendieron trampas para tullir a los caballos de la policía. Lanzaron bombas de humo, cojinetes de bolas, pedazos de metal y papas a las que habían puesto clavos, y observaron las llamas rodear a automóviles que ellos mismos habían incendiado.
“Hubo escenas de brutalidad que fueron casi increíbles”, dijo el presidente del Sindicato Nacional de Mineros, quien había declarado la huelga. Centenares de personas quedaron heridas en esas confrontaciones. Desde mediados de marzo de 1984, la huelga plagó la nación. Durante ese año, el trabajo se paralizó en 132 de las 175 minas de carbón de Gran Bretaña, y hubo un paro que afectó a 130.000 mineros, lo cual costó al gobierno más de 1.400 millones de dólares (E.U.A.). Finalmente, en marzo de 1985 se dio por terminada la huelga.
Pasemos a la explotación de minas a cielo abierto. Los geólogos de los Estados Unidos han sabido por largo tiempo que tremendas reservas de carbón, miles de millones de toneladas, yacen en vastas capas a solo de 15 a 60 metros (50 a 200 pies) bajo la superficie del suelo. A medida que la Revolución Industrial se fue acelerando después de la II Guerra Mundial, y la necesidad de carbón para accionar la industria se fue haciendo más importante, la explotación de minas a cielo abierto fue prosperando. Mediante explosiones se aflojaba el terreno sobre las vetas de carbón, y luego enormes camiones entraban en la zona y acarreaban la tierra y el carbón.
No obstante, la gente que vivía en esas regiones recordaba el tiempo en que las montañas y colinas eran verdes y lujuriantes. Pero ahora grandes y poderosas máquinas, tan grandes que podían recoger 325 toneladas de tierra de una sola vez, estaban desgastando las laderas de montañas y desapareciendo grandes porciones de tierra. Se desviaban arroyos subterráneos. Los pozos se secaban. Los animales salvajes se iban en busca de nuevas zonas forestales, y la erosión del suelo se desarrollaba a la velocidad de una avalancha, a medida que los mineros que trabajaban en minas a cielo abierto partían en busca de nuevas reservas y dejaban tras sí profundos y feos abismos en la tierra.
Se promulgaron leyes que exigían que los mineros dejaran los lugares tal como los habían hallado. La tierra extraída para obtener el carbón tenía que volver a ponerse en su sitio y componerse para armonizar con el paisaje de los alrededores. Si se habían quitado árboles, había que sembrar árboles. Si se había causado daño a pastos, había que sembrar pasto. Si el agua que se bombeaba del suelo contenía ahora ácido que mataría los peces, el ácido tenía que ser neutralizado antes que se permitiera que el agua desembocara en los arroyos. Hay muchos requisitos y el saneamiento es costoso, pero la mayoría de los explotadores de minas a cielo abierto obedecen las leyes. Es lamentable que aún haya algunos que atacan y huyen, dejando la tierra en condiciones trágicas.
El carbón... y la lluvia ácida
Luego llegaron las lluvias... ¡lluvias ácidas! Ésta es la cuestión candente más reciente relacionada con el carbón. Cuando se quema carbón, se liberan bióxido de azufre y óxidos de nitrógeno. Cuando las chimeneas de las centrales eléctricas y otras industrias que queman carbón arrojan sus emisiones al aire, el bióxido de azufre y los óxidos de nitrógeno pueden transformarse en ácido sulfúrico y ácido nítrico, que las corrientes de aire se llevan arriba y transportan por grandes distancias, a veces miles de kilómetros, y luego dejan caer a la tierra en alguna forma de precipitación.
“Muchos científicos —dice la revista U.S.News & World Report— están convencidos de que la lluvia ácida y la niebla ácida extraen por lixiviación nutrientes esenciales del suelo y de las hojas de los árboles.” El problema de la lluvia ácida no se limita a América del Norte. “En Europa —continúa diciendo el informe—, la debilitación sin precedente de la vitalidad de los bosques se está calificando de ‘muerte forestal’. [...] La devastación se extiende a través de Alemania, Checoslovaquia, Polonia, Hungría y Suecia. En Suiza, la disminución de los bosques ha provocado nuevas preocupaciones respecto a avalanchas en laderas denudadas.”
Cualquier persona que haya tenido el pasatiempo de tener peces en un acuario bien sabe que el agua demasiado ácida puede matar a los peces. Y cuando caen lluvias con más de 700 veces más ácido que lo normal, como se registró hace algunos años en un estado del este de los Estados Unidos, el resultado es devastador para los peces. “Centenares de lagos del estado de Nueva York, y miles de Escandinavia y Canadá son tan ácidos que los peces ya no pueden vivir en ellos”, informa la revista Good Housekeeping de junio de 1984.
Y por eso se está oyendo el grito de indignación por todo el mundo. La lluvia ácida es un problema creciente. La industria y los especialistas en la ecología humana han llegado a un punto muerto en la cuestión.
Sin embargo, el carbón ahora está volviendo a escena como fuente de energía. Muchas industrias están cambiando al carbón para accionar sus generadores y turbinas. Del carbón se pueden obtener muchas cosas... aceite, gasolina, muñecas, perfume, aspirina, sacarina, nilón, plásticos y muchos otros derivados.
Por lo tanto, parece que la presencia del carbón, junto con todas sus cuestiones candentes, continuará por largo tiempo.
[Comentario en la página 19]
Luego llegaron las lluvias... lluvias ácidas. Y tras ellas, bosques moribundos y lagos muertos
[Fotografía en la página 18]
Enormes máquinas extraen 12 toneladas por minuto
[Fotografía en la página 18]
Introduciendo pernos de expansión para evitar derrumbamientos