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g95 22/2 págs. 16-17

Zanzíbar: la “Isla de las especias”

POR EL CORRESPONSAL DE ¡DESPERTAD! EN KENIA

A UNOS 35 kilómetros de la costa centro-oriental de África se encuentra Zanzíbar, una isla verdaderamente pintoresca bañada por las tibias y azules aguas del océano Índico, bordeada de playas blancas y adornada de ondulantes colinas y de palmeras a las que mecen los vientos alisios. Aunque es relativamente pequeña —85 kilómetros de largo por 39 de ancho—, su influencia en la historia africana ha sido preponderante.

Durante siglos, la isla de Zanzíbar fue frecuentada por persas, árabes, indios, portugueses, británicos, asiáticos, norteamericanos y, por supuesto, visitantes del continente. Su mayor atractivo en el pasado fue el rentable comercio de esclavos. Sirvió también de base de aprovisionamiento de comerciantes y exploradores; de hecho, la mayor parte de los exploradores europeos que penetraron en África en el siglo XIX lo hicieron a través de ella. No sorprende, pues, que la bautizaran como la Puerta de África.

El clavo y sus aplicaciones

En la primera mitad del siglo XIX, el sultán de Omán, Sayid Said, que se había trasladado del golfo Pérsico a Zanzíbar, prohibió a los árabes las plantaciones de cocoteros e introdujo un cultivo mucho más lucrativo: el clavo. A su muerte, los beneficios obtenidos del clavo eran superados únicamente por el tráfico de esclavos y de marfil; de manera que cuando se abolió la trata de esclavos, Zanzíbar vino a ser conocida como la Isla de las especias. En la actualidad es la primera productora mundial de clavo.

Los clavos son los capullos secos de las flores de un árbol tropical de hoja perenne cuyo nombre científico es Eugenia caryophyllata. En Zanzíbar, estos árboles alcanzan una altura media de unos nueve metros. Los capullos se recogen en el momento en que presentan un color pardo rojizo y miden poco más de un centímetro; un árbol sano puede dar hasta 34 kilogramos. Una vez recolectados, se ponen a secar al ardiente sol tropical.

Por su fragancia y sabor acre, el clavo se utiliza ante todo en la cocina para añadir sabor a las carnes y legumbres. O si añade agua hirviendo a cuatro o cinco capullos ligeramente machacados, obtendrá una infusión de sabor picante. Y en un frío día de invierno puede convertir el vino tinto en una estimulante bebida calentándolo y añadiéndole unos cuantos clavos. Algunos introducen unos veinte clavos en una naranja y la cuelgan en el cuarto de baño por espacio de una semana para aromatizarlo. El aceite de clavo se emplea en odontología como anestésico local contra el dolor de muelas. Se utiliza asimismo como enjuague bucal y en la elaboración de perfumes. ¡Con razón esta diminuta isla es tan célebre por el cultivo de dicha especia!

La población

El verdadero “condimento” de Zanzíbar está en sus gentes. No bien pone uno el pie en la isla, recibe el caluroso saludo de sus habitantes. Los isleños, que parecen muy tranquilos, dedican tiempo a conversar unos con otros. Mientras hablan, puede que se den la mano repetidamente, tres o cuatro veces en un período de diez minutos: es su reacción espontánea a cualquier dicho gracioso.

Si usted visita el hogar de uno de ellos, lo acogerán con su notoria hospitalidad. Al huésped hay que darle siempre lo mejor de lo mejor. Si alguien llega inesperadamente a la hora de comer, no cabe ninguna duda: debe quedarse a comer con ellos hasta saciarse. Tal hospitalidad nos recuerda la de la era bíblica. (Compárese con Génesis 18:1-8.)

La indumentaria de los habitantes de Zanzíbar es vistosa y exótica. Las mujeres salen cubiertas con un buibui, vestidura en forma de capa que las cubre desde la cabeza hasta los tobillos; curiosamente, pueden llevar debajo un traje de corte occidental. Los hombres van vestidos con un kanzu, especie de camisa larga blanca o en tonos pastel, y tocados con un sombrero bordado, o kofia.

Caminar por la Ciudad de Piedra, la zona histórica de la ciudad de Zanzíbar, es transportarse al pasado. El laberinto de callejuelas carece de aceras; las puertas de las innumerables tiendas dan directamente a la calle. Abundan los vendedores callejeros, como los que ofrecen kahawa, café árabe dulce condimentado con jengibre.

Sin embargo, las palabras y las fotografías no bastan para describir la belleza de Zanzíbar, pues no es solo el clavo lo que da sabor a esta “isla de las especias”.

[Mapa/Fotografía en la página 16]

(Para ver el texto en su formato original, consulte la publicación)

ZANZÍBAR

[Reconocimiento en la página 17]

África y mapa de los márgenes: The Complete Encyclopedia of Illustration/J. G. Heck

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