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  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1956
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1956
w56 1/10 págs. 588-591

Siguiendo tras mi propósito en la vida

Relatado por Hazel O. Burford

¿HA SENTIDO usted alguna vez un deseo tan intenso de tener alguna cosa que parecía que cada fibra de su ser la deseaba con toda vehemencia? Y entonces, ¡cuán indescriptiblemente feliz estuvo usted al adquirirla! Ahora sabe lo que el precursorado ha significado para mí. Desde que yo hice mi dedicación a la edad de catorce años he querido hacer justamente lo que en ese entonces hice votos de efectuar—dar todo mi tiempo, fuerza y energía al estudio y entonces a ayudar a otros a aprender las verdades que tanto me deleitan a mí. Para mí el obedecer Romanos 12:1 quería decir el servicio de tiempo cabal; por eso mis años de estudio en colegio secundario no eran del todo felices.

Llegó la graduación, pero no una realización de mis sueños. Mis padres, no dedicados, jamás se opusieron a que yo hiciera o cumpliera mi dedicación. Ellos se habían encargado de darme una educación académica. Ahora me tocaba a mí buscar mi propio camino. Por consiguiente, proseguí mi segundo amor, la profesión de enfermera. Para entrenamiento ingresé en el Hospital de Niños de Denver, Colorado, el 1 de septiembre de 1925. Ese trabajo me dió un gozo tremendo. Pero aquí se introdujo algo que de nuevo ponía en peligro el cumplimiento de mi propósito en la vida.

El tener que trabajar diez horas de cada veinticuatro, además de nuestros períodos de clases y estudio, quiso decir que mi asistencia a las reuniones y participación en el servicio eran muy irregulares, hasta que finalmente quedaron en nada cuando las ansiedades de esta vida impidieron la producción del fruto del Reino. El celo se había enfriado. Entonces un miembro de la congregación de Denver me dió unos consejos bíblicos excelentes. Avergonzada, convine de mala gana en reunirme con el grupo para salir al servicio por la tarde del sábado siguiente. Fuí; pero nadie más vino. La mala gana que había sentido poco a poco se transformó en ansiedad. Si sólo alguien viniera; yo quería salir al servicio. Después de esperar una hora, un terror escalofriante se apoderó de mí mientras mi conciencia me condenaba. Había sido tan negligente—¡Jehová me había vuelto la espalda! Regresando a mi cuarto en la casa de las enfermeras me puse de rodillas, supliqué perdón y otra oportunidad de servir. Después de algún tiempo, me volvió la calma mientras resolví hacer todo cuanto pudiera desde allí en adelante, dejando el resultado a un Dios misericordioso y amoroso.

Los años desde entonces han comprobado abundantemente que solamente cuando hago cuanto puedo para cumplir con la obligación de seguir mi propósito en la vida tengo paz de ánimo.

En el otoño de 1929, cuando estaba comenzando la depresión, me gradué en la escuela de enfermeras. Unas treinta graduadas tenían prioridad sobre mí; los casos eran pocos y no muy frecuentes, y solamente me tocaban los menos deseables. En el siguiente mes de enero (1930), se me aceptó para trabajar con uno de los mejores y más activos cirujanos del Oeste. El salario era excelente, había un aumento cada seis meses, horas regulares de trabajo—podía asistir a todas las reuniones y participar en el servicio cada fin de semana. ¿Qué más querría uno?

¡Mi meta era el servicio de tiempo cabal! Pero hallé que aun entre algunos de los dedicados se me consideraba como fanática por pensar en tal cosa. Yo sabía que me había dedicado para dar todo y no podía estar satisfecha con menos.

Después se presentó el anuncio de la asamblea internacional que se había de celebrar en Columbus, Ohío, en julio de 1931 y se me presentó un problema. El verano es la estación de más movimiento en Colorado. En la oficina del doctor nadie tomaba vacaciones entre mayo y el fin de noviembre; de manera que asistir a la asamblea era imposible para mí. Sin embargo, como nunca había asistido a una asamblea grande, mi deseo de estar presente se hacía casi irresistible, a medida que se acercaba la fecha. Había ahorrado como mil dólares, de manera que el 1 de junio renuncié a mi puesto y solicité ingresar en el precursorado, planeando asistir a la convención, buscar una compañera y continuar siguiendo tras mi propósito en la vida: el servicio de tiempo cabal.

La convención era más maravillosa que lo que yo había soñado. El paso siguiente era el de hallar una compañera. Buscaba a alguien que tuviera un automóvil, pero pronto me di cuenta de que todos los otros precursores en perspectiva estaban haciendo lo mismo; de manera que usé la mayor parte de mis ahorros para comprar un automóvil. Entonces, apoyándonos en la promesa de Jehová de que él hace provisión si buscamos primeramente el Reino, otra joven y yo nos fuimos a Texas a trabajar. Ella nunca había sido precursora tampoco.

Aprendimos por el método de ensayo y error, y fué muy divertido. Teníamos territorio en el este de Texas, cerca del nuevo campo petrolífero de Gladewater, adonde no había llegado la depresión todavía. Nuestras colocaciones eran regulares pero no bastaban como para que arrendáramos un cuarto amueblado. De manera que juntamos nuestros escasos recursos, compramos una tienda de campaña y otro aparejo para acampar, y “nos fuimos a los bosques.” ¡Excelente durante el tiempo claro del otoño! Redujimos el dinero que gastábamos en gasolina y el tiempo que empleábamos en viajar acampando en el sitio donde terminábamos de trabajar un día o donde habíamos de comenzar el día siguiente. Pero la llegada de las lluvias del invierno, con cellisca y nieve ocasionalmente, nos obligó a buscar más albergue; de manera que arrendamos cabañas de un solo cuarto que los agricultores mantienen para sus labradores en los campos de algodón. ¿Lujoso aquello? No, no del todo; pero teniendo que cargar agua, cortar leña y cocinar con fogón era muy estimulante hacer frente a cada problema y vencerlo, con la satisfacción de haber “hecho según me mandaste” y de haber ayudado a otros más a conocer el camino a la vida. Las lluvias constantes y los caminos casi intransitables que atravesamos en nuestro esfuerzo por alcanzar cada casa contribuyeron a nuestro éxito. Los trabajadores de los campos petrolíferos, hacheros y labradores nos ayudaban diariamente a salir del lodo vez tras vez. Siempre querían saber exactamente por qué era tan importante para dos jóvenes solitarias llegar a esa casa en un camino tan malo y bajo semejante lluvia. De modo que se nos presentaron muchas oportunidades para testificar sentadas al extremo de una palanca o tirando piedras debajo de la rueda que había salido del lodo.

En la primavera mi compañera se casó y la hermana de su marido llegó a ser mi compañera; de modo que entonces éramos cuatro los que trabajábamos juntos. Como en esa época no se hacía la obra de revisitas y estudios de casa, para el mes de mayo ya habíamos terminado nuestra asignación y partido para el distrito del Panhandle para trabajar en ruta a nuestro territorio de verano en mi estado natal de Colorado. Pero un mes después de llegar allí mi compañera original y su esposo dejaron el precursorado por un tiempo y su hermana y yo continuamos solas por los próximos cinco años. Cuando era niña ella había sufrido de parálisis infantil y estaba demasiado lisiada para hacer muchas de las tareas físicas que son necesarias en territorio aislado; de manera que a mí me tocó el peso de las tareas manuales tales como cambiar llantas, engrasar el auto, etc., pero ella era excelente como estudiante bíblica, muy madura en las cosas espirituales, una verdadera ayuda para mí. Su hermano y su esposa nos construyeron un carro casa, lo que hizo posible que continuáramos en territorio dificultoso. Aprendimos la diferencia entre pasarlo contentas con las cosas necesarias y poseer lo que pensábamos que era necesario.

Pero el cuerpo afligido de mi celosa compañerita no pudo hacer tanto como el espíritu deseaba, y en la primavera de 1937 tuvo que dejar el precursorado.

Siguiendo tras mi propósito en la vida, continué en el precursorado con una familia de Oregon, y con su ayuda generosa me trasladé con ellos a Kentucky para trabajar y ganar suficiente para asistir a la asamblea que se había de celebrar en Columbus, Ohío, en el verano de ese año. Eso fué un verdadero banquete para mí, después de los años en el territorio aislado. También conocí a una precursora experimentada con quien trabajar. Las siembras de algodón de Alabama resultaron mucho más fáciles para el servicio que las granjas de Texas, y las colocaciones eran buenas, lo que me proveyó de lo necesario para hacer un viaje a mi casa para visitar a mi padre inválido a quien no había visto por casi ocho años. Se unió a mí una hermana joven de mi congregación original. Por varios años trabajamos juntas en el Sur y desde entonces ella se ha graduado en Galaad y ahora sirve como misionera en El Salvador.

En 1941, mientras trabajábamos en el territorio aislado de Kentucky occidental, asistimos a la asamblea de zona (ahora de circuito) en Cape Girardeau, Misurí. Allí recibí una llamada telefónica de larga distancia en que se me ofreció el privilegio de ayudar a cuidar al hermano Rútherford, en ese entonces muy grave en un hospital de Elkhart, Indiana. Sacudida por la noticia de su enfermedad y abrumada por la tremenda responsabilidad que tendría que cargar, lo primero en que pensé fué rehusar; pero siempre temerosa de rehusar una asignación por temor de que no se me diera otra, acepté con oración. Partí en seguida para prepararme. Treinta y seis horas más tarde emprendí mis nuevos deberes cuando entré en el cuarto de nuestro hermano enfermo. Una semana más tarde tuve el privilegio de acompañar al hermano Rútherford y su grupo a California, donde vivimos en Bet-Sarim, la “Casa de los príncipes,” por las próximas ocho semanas hasta su muerte el 8 de enero de 1942. Si no hubiera sido precursora ese servicio excepcional y precioso jamás me habría tocado.

De California volví directamente a mi grupo anterior en Somerset, Kentucky. Aquí tuvimos que hacer frente a verdadera oposición, se nos detuvo repetidas veces y pasamos algún tiempo en la cárcel; pero como consecuencia, finalmente se consiguió una decisión favorable en un tribunal superior de Kentucky y ésta ha mantenido abierto el camino para la obra allí hasta el día de hoy.

En la historia teocrática 1943 se destaca por el comienzo de Galaad. Fué mío el gozo indescriptible de recibir una invitación para la segunda clase, que había de matricularse en septiembre. En ese verano visité a mi madre que había quedado viuda, acompañándola a la asamblea de distrito en Denver. Mi copa rebosaba al presenciar su inmersión. Luego fuí a Galaad para cinco meses del gozo más puro que he experimentado.

El próximo año fué una verdadera batalla para mí. Tanto anhelaba la atmósfera del Nuevo Mundo que rodea a uno en Galaad que casi estuve descontenta con mi asignación en Perth Amboy, Nueva Jersey; pero obligándome a continuar siguiendo mi propósito en la vida finalmente salí victoriosa y comencé realmente a gozar del servicio nuevamente.

Entonces llegó el aviso de que cuatro de nosotras íbamos a trabajar en Panamá. ¡El trópico ardiente! Yo no viviría mucho tiempo en ese calor, comencé a pensar. Pero otros humanos como yo habían vivido allí por generaciones, me dije a mí misma, de modo que, ¿por qué no podía yo trabajar allí? Nueve años de servicio misionero en el Istmo de Panamá han comprobado la falsedad de mis presentimientos. Al llegar a Panamá el 28 de diciembre de 1945, se me grabó otra verdad en la conciencia: Que mi familia, mi pueblo, se halla en todas partes del mundo y como misionera no hay por qué tenga una que sentir nostalgia o soledad. Temprano el día después de nuestra llegada, un publicador alegre del otro lado del Istmo estaba a la puerta para llevarnos en su auto a nuestra asignación en Colón, al lado del Atlántico. Tenía esa sonrisa radiante del Reino y la misma consideración amorosa y deseo de servir que tenían nuestros hermanos allí mismo en Betel. Desde esa primera mañana en que nos conocimos y a través de los más de cuatro años que trabajamos juntos, él y nuestros otros hermanos y hermanas jamás estuvieron demasiado ocupados o demasiado cansados para ayudarnos con cualquier problema que se nos presentaba en nuestra nueva residencia. Estaban tan ansiosos de recibir ayuda al hacer la obra y eran tan cooperativos que en ese período de tiempo nos regocijamos al ver ese grupo pequeño de unos quince publicadores crecer y llegar a ser una congregación bien organizada de casi cien. Después de trabajar allí por unos dos años se consideró provechoso formar una congregación de habla española, y, aunque mi español no tenía todavía toda la fluidez que yo deseaba, tuve el privilegio de servir con la congregación desde su formación y aun servir como sierva en ella.

Una vez que las congregaciones de las ciudades terminales de la Zona del Canal funcionaron sin dificultad la Sociedad resolvió ayudar a las personas de buena voluntad en el “interior” de Panamá; de manera que en 1950 yo fuí una de cuatro personas a quienes se escogió para que se trasladaran a Chitre. Aquí fué que llegamos a entender el significado del milagro que Jehová había hecho en la Torre de Babel cuando luchamos para traducir nuestro precioso mensaje del Reino en español comprensible. Desde nuestro entrenamiento básico en Galaad, habíamos estudiado consistentemente y sabíamos leer más o menos bien, pero ahora descubrimos que lo que teníamos del idioma era totalmente inadecuado para hacer frente a las muchas situaciones en que nos hallamos. Después de un año se organizó una congregación y nosotras las cuatro hermanas ocupamos puestos como siervas; y cuando se nos llamó a la Ciudad de Panamá en diciembre de 1952 dejamos en Chitre un grupo de ocho publicadores, y hermanos panameños entrenados para ocupar los puestos de siervos. Bajo la bendición de Jehová la congregación ahora es casi dos veces lo que era antes en tamaño.

En mayo de 1954 se organizó en la Zona del Canal misma una congregación que constó al principio de ocho publicadores que informaban servicio; doce meses más tarde, veinte informaban. Las bendiciones de Jehová nos están haciendo ricos y fuertes espiritualmente. Igual que nuestros hermanos en todas partes del mundo, nosotros aquí en Panamá damos el testimonio a gente de toda clase social. A veces trabajamos el día entero entre gente de escasos recursos que vive atestada en viejas casas de viviendas. Por la noche regresamos a una casa misional limpia y cómoda, y no podemos menos que sentirnos agradecidos a la Sociedad, nuestros hermanos, que mantienen ésta para nosotros. De modo que ahora veo que estos últimos veintitrés años han sido muy bien empleados en seguir tras mi propósito en la vida, y espero continuar en el servicio de tiempo cabal para siempre en cualquier asignación que Jehová en su gracia me dé.

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