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  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1962
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1962
w62 1/10 págs. 604-607

Siguiendo tras mi propósito en la vida

Según lo relató Silvia Luning

LA VIDA parecía terriblemente vacía. Parecía tan vano estar pensando solamente en mí misma. Sabía que había algo incorrecto en esta manera de vivir, pero ¿qué más había? “Vanidad de vanidades,” pensaba frecuentemente, “todo es vanidad.”

Entonces un día en 1933 un adventista llegó a mi puerta en Baton Rouge, Luisiana. Lo que dijo del cumplimiento de las profecías registradas en la Biblia me intrigó, y, aunque no tenía el dinero para adquirir los libros que me mostró, me determiné a recordar por lo menos un texto que mencionó para poder leerlo después que se hubiera ido. El que se me fijó en la mente fue el capítulo veinticuatro de Mateo. Tan pronto se hubo ido saqué mi Biblia y lo leí. ¡Era sorprendente! Podía ver claramente que hablaba de nuestros días, que estábamos viviendo en los últimos días, y sentí que debía salir y decir esto a la gente. Pero no hubo más comunicación con esta gente, y los cuidados de la vida pronto quitaron estos pensamientos de mi mente.

Unos seis meses después llegó alguien a mi puerta hablando de la Biblia. Esta vez era un testigo de Jehová, pero eso no tenía mucho significado para mí, puesto que jamás había oído de Jehová ni de sus testigos. Lo que era importante era que tenía libros sobre la Biblia que yo quería, y los tomé.

UNA VIDA NUEVA

Entonces me senté a leer. Verdaderamente no recuerdo haber hecho mucho más que eso durante las siguientes dos semanas. Lo que leí me emocionó y satisfizo. Era como si me hubiese estado muriendo de sed y hubiera encontrado agua—limpia y satisfaciente. Bebí profundamente y comencé a revivir. Ya no me parecía vacía la vida.

Seis semanas después estaba realmente predicándoles a otros, y desde ese día hasta éste jamás ha dejado de serme maravillosa la verdad de la Biblia. Llegó a ser ciertamente como un fuego ardiente en mis huesos, y mi único propósito en la vida llegó a ser el de servir a Jehová Dios.

No fue fácil. Mi esposo no me acompañaba. Se determinó a oponerse a mi derrotero, pero cuanto más se oponía, tanto mayor se hacía el fuego dentro de mí y tanto más fuertemente trabajaba en el servicio de Jehová. Siempre había temido a mi marido, pero ahora sentía que tenía que probarle a Jehová que temía más a Dios de lo que temía a los hombres. Muchas veces salía a testificar aterrorizada por la idea de lo que podría sucederme cuando regresara. Frecuentemente las buenas nuevas que predicaba y el mensaje de las grabaciones fonográficas que usábamos en el servicio entonces hacían mucho para tranquilizarme y fortalecer mi propia fe.

La primera gran asamblea a la cual concurrí con el pueblo de Jehová fue en Nueva Orleáns, Luisiana, en 1938. Estaba allí cuando oímos al jefe de policía de Nueva Orleáns, McNamara, ordenar que sus hombres cortasen las conexiones telefónicas que se habían instalado para permitirnos oír el discurso bíblico “Enfréntense a los hechos” y cuando les dijo que si alguien lo quería impedir que deberían abrir fuego, y tirar a matar. Fue un momento de tensión. También estuve entre los que más tarde recibimos una grabación del discurso “Enfréntense a los hechos” y la presentamos en docenas de hogares.

EL DOLOR DE CORAZÓN SUPERADO EN EL SERVICIO DEL REINO

Llegó el año 1940 y con él decisiones difíciles. Fue ése el año en que el Tribunal Supremo de los Estados Unidos falló contra nosotros con respecto al punto en cuestión del saludo a la bandera, lo que resultó en una persecución intensa. También fue el año en que oí a un juez pronunciarme inepta para ser la madre de mi hijo, ya de doce años de edad, porque yo era testigo de Jehová. Hacía poco tiempo yo había iniciado un pleito en contra de mi esposo por divorcio debido a adulterio, del que se confesó culpable, pero fui yo la juzgada indigna de tener el niño. Aturdida, y sin embargo llena de satisfacción al saber que había permanecido firme en mi adoración a Dios a pesar de esta prueba de la fe, me incorporé al servicio de precursor, para que todos mis esfuerzos pudieran usarse en el servicio que sabía era de máxima importancia.

Lo que había por delante frecuentemente resultó ser difícil de recibir. Fue un período de angustia personal y dolor de corazón. Por las mañanas esperaba cerca de la escuela y por las noches buscaba en los cinematógrafos locales esperando encontrar a mi hijo y estar con él aunque fuera por algunos momentos. Esto casi me mató, y no obstante tenía el gozo de estar en el servicio de tiempo cabal de Jehová. ¡Por cuántos años había anhelado esto! Mi único propósito en la vida era el de servir a Jehová con todo lo que tenía. Ahora que lo tenía asido, ¿lo abandonaría por dolor a causa de mi hijo? Es cierto, podía tenerlo de vuelta regresando a mi marido, pero eso hubiera exigido que abandonase mi adoración a Jehová. No podía hacer eso. Había hecho un voto de dedicación a Dios y nada debería impulsarme a quebrantarlo. Con vehemente determinación me empeñé en apegarme a mi decisión, viniera lo que viniera. Me sentí al borde de una postración física y nerviosa, pero manteniendo mi mente concentrada en Jehová y manteniéndome ocupada en su servicio mis heridas lentamente comenzaron a cicatrizar.

Durante los tres años siguientes trabajé de precursora en y alrededor de Baton Rouge, de modo que me fue posible pasar bastante tiempo con mi hijo. Continué tratando de enseñarle las verdades de la Biblia, aunque se me había vedado. Mientras tanto tuve el compañerismo de Bárbara Sleep y pasamos un tiempo magnífico juntas, trabajando arduamente para llevar las buenas nuevas a las personas de nuestro territorio y concurriendo a asambleas.

Fue en una asamblea nacional en el verano de 1942 que el hermano Knorr mencionó que algunos de los hermanos serían entrenados para el servicio misional extranjero. “¡Qué maravilloso!” pensé. “Pero indudablemente eso jamás aplicará a las hermanas.” Algo más que dijo el hermano Knorr en esa asamblea me impresionó profundamente. Hablando de la prueba de nuestra fe antes del Armagedón hizo la declaración de que sería una prueba de aguante. Muchas, muchas veces a través de los años he meditado en esto. A veces al seguir adelante día tras día, solo encontrando oposición o indiferencia, y preguntándome: “¿Hasta cuándo, Señor?” aquellas palabras volvían a mi mente y me recordaban que la prueba de mi fe era la cosa que verdaderamente debía considerar. ¿Qué importaba si la gente no escuchaba? ¿Qué importaba si tiraba la puerta en mi cara o me corría con una escoba? ¿No estaba yo aguantando? ¿Y qué otra cosa verdaderamente importaba?

Por supuesto, había gozos especiales que nos ayudaban a aguantar. Uno vino cuando encontramos dos sobres largos de la Oficina del Presidente en nuestro buzón. Nuestro gozo no conocía límites al leer las invitaciones para concurrir a la Escuela de Galaad y recibir un entrenamiento especial para el servicio misional extranjero. Reímos y lloramos e inclinamos nuestras cabezas en agradecimiento a Jehová por este inefable privilegio. ¡Pero espere! Quería decir dejar atrás a mi hijo, quizás para nunca más volverlo a ver. Aunque estaba emocionada, sabía que tenía que hacer otra decisión difícil. Estaba terriblemente dividida entre mi deseo de ir y la idea de dejar a mi hijo, y me preguntaba cuál era verdaderamente mi deber. Después de obtener consejo de mis hermanos más ancianos en la verdad hice mi decisión—ir a Galaad.

En septiembre de 1943, Bárbara y yo estábamos matriculadas en la segunda clase. ¡Qué experiencia maravillosa! Era saborear el modo de vivir del nuevo mundo. Estábamos en un mundo apartado, donde podíamos banquetear con las verdades de la Palabra de Dios y disfrutar del compañerismo constante de nuestros hermanos. Todo pasó demasiado pronto. La II Guerra Mundial todavía bramaba y era difícil procurar la entrada en muchos países. Además los viajes estaban considerablemente restringidos. De modo que recibimos asignaciones temporarias; un grupo fue a Perth Amboy, Nueva Jersey, y yo trabajé con la congregación allí durante los dos años siguientes. Durante los veranos pude pasar varias semanas en Luisiana con mi hijo.

HACIA PANAMÁ

El 27 de diciembre de 1945 fue otro gran día. Fue entonces que llegamos a nuestra nueva asignación en Panamá. Se nos asignó a Colón, una ciudad de unas 50,000 personas ubicada en la desembocadura del Canal de Panamá en el lado del itsmo que da al Atlántico. Con la ayuda de uno de nuestros hermanos nativos dimos con una casa apropiada, moblaje, alimento y otras cosas necesarias para establecernos debidamente. Estábamos encantadas con nuestra asignación y esperábamos trabajar entre la gente. Sus hogares, sus alimentos, su modo de vivir, todo llegó a ser tema de sumo interés para nosotros.

La pequeña congregación de allí tenía quince publicadores cuando llegamos. Trabajamos arduamente, con el promedio de unos veintidós estudios por mes, y prontamente la congregación comenzó a crecer. Tenía un ambiente familiar muy feliz en ella. Amábamos profundamente a nuestros hermanos y queríamos ayudarlos, y ellos sentían lo mismo por nosotras.

Nuestro castellano era muy limitado, pero la gente de habla española que encontrábamos en nuestra obra de puerta en puerta era muy servicial. Muchos de ellos estudiaban solamente para oírnos tratar de hablar su idioma y para ayudarnos. Algunos entendían inglés, pero jamás nos lo hicieron saber, y no fue sino hasta años después que nos dimos cuenta. Apreciamos que nos hicieran hablar su idioma.

En noviembre de 1947 fui trasladada a la ciudad de Panamá para ayudar en la oficina de sucursal de la Sociedad.

Hasta entonces me había afligido bastante por mi hijo. Me había escrito poco durante los dos años desde que lo había visto por última vez y mi corazón estaba frecuentemente dolorido debido a él; pero ahora comencé a apreciar que Jehová me estaba dando muchos “hijos,” tal como había prometido hacerlo, y no solo hijos, sino hijas y padres y madres y casas. (Mar. 10:29, 30) Estos me llegaron a ser tan queridos como mi propio hijo.

En la ciudad de Panamá se me asignó a trabajar con la congregación de habla inglesa, y encontré varios hermanos y hermanas nuevos en la verdad que pedían ayuda. ¡Cuán contenta estuve de poder ayudarlos, y cuán ansiosamente aceptaban las sugerencias y las ponían por obra! Durante diez años estuve con esa congregación. La vi crecer hasta que ahora hay diez congregaciones en el territorio en que una vez servía.

RECOMPENSAS DE LA FIDELIDAD

¡Qué emoción ha sido observar a los hermanos, a muchos de los cuales encontré y con los cuales estudié, crecer a la madurez y tomar su lugar en la sociedad del nuevo mundo, algunos como siervos de congregación, otros como precursores o precursores especiales! ¡Qué gozo trae verlos llegar a ser siervos capaces, haciéndose cargo de deberes que una vez atendía yo, manejando los detalles de la organización de una asamblea, pronunciando discursos públicos y trayendo a nuevos a la organización! ¿Puede imaginarse el gozo que se siente al oír a un hombre ciego que una encontró sentado sin esperanzas detrás de su casa expresar vez tras vez su agradecimiento por la verdad que una pacientemente le enseñó y la cual él ahora celosamente predica a otros, diciéndoles que antes podía ver pero estaba ciego y ahora está ciego pero puede ver? Estas son las cosas que hacen que una se alegre de haber contestado el llamado por precursores hace años, las cosas que le hacen saber que hizo una buena decisión cuando decidió dejar atrás otros intereses y poner en primer lugar el servicio a Dios.

En 1950 regresé a los Estados Unidos para visitar a mi madre y a mi hijo, que ahora estaba casado, y para concurrir a la gran asamblea de 1950 en Nueva York.

Dos años más tarde mi salud empeoró y tuve que ser operada. Durante todo un año estuve alejada de mi asignación extranjera, pero durante ese año, que pasé con mi madre, tuve el gozo de ver a ella y a una sobrina abrazar la verdad como resultado de mis esfuerzos. En 1953 mi madre concurrió a la Asamblea “Sociedad del nuevo mundo” conmigo, después de la cual regresé a Panamá, agradecida de poder continuar siguiendo tras mi propósito en la vida.

Reanudé el trabajo donde lo había dejado en una comunidad aislada, y en 1955 ayudé a organizar una pequeña congregación allí. El siguiente año me trajo gozo cuando me casé con uno de mis compañeros misioneros que había venido a Panamá en 1951 para trabajar en la oficina de la sucursal, y dolor al recibir noticias de la muerte de mi madre amada.

Vino 1958 y la maravillosa Asamblea internacional “Voluntad divina.” Por supuesto, estuvimos allí para disfrutarla cabalmente. Después de la asamblea tuvimos unas vacaciones hermosas visitando amigos y familiares, y luego de regreso a Panamá y a una deleitable sorpresa—¡la obra de circuito! Mi esposo fue asignado para servir el circuito de habla inglesa, el que yo había ayudado a edificar. Yo había estado en Panamá ahora por casi trece años, y los hermanos con quienes había estado asociada y muchos a quienes había ayudado a llegar a entender la verdad viven aquí y allá en este circuito. No había visto a algunos de ellos en años, de modo que me dio mucha alegría poder visitarlos, para ver cómo progresaban y darles la ayuda y estímulo que pudiera como la esposa de un siervo de circuito. Tuvimos experiencias maravillosas durante el año que estuvimos en esta asignación.

En la actualidad mi esposo sirve de siervo de congregación en una pequeña congregación en la Zona del Canal donde hay una necesidad especial de hermanos maduros que hablen inglés. Aparte de esto, trabaja en la oficina de la sucursal, mientras que yo hago obra misional en el territorio de la congregación. Tome mi palabra: ¡La vida de un misionero no es aburrida!

Ciertamente el que se apega a su asignación en la organización de Jehová es una criatura sumamente bendita. Cierto, los dolores de corazón pueden estar allí, como en mi caso y en el de muchos, pero, ¡oh, los gozos profundos y satisfacientes han estado allí también! He llegado a apreciar que mi felicidad no depende de hacer mi propia voluntad sino de hacer la voluntad divina en el lugar que Jehová me ha asignado.

Ahora los años están comenzando a hacerse sentir en fuerzas decayentes y articulaciones doloridas, pero no he seguido tras mi propósito en la vida hasta el final todavía. Espero continuar en el servicio de tiempo cabal a Jehová directamente a través de la batalla del Armagedón, participando después en la limpieza de la Tierra y en hacerla un paraíso. Quiero estar allí, apegándome a mi asignación, cuando se producirán hijos en justicia y se recibirá gozosamente de vuelta a los muertos de los sepulcros, cuando la prueba final por Satanás venga, y cuando, habiendo desaparecido todos los ayes y dolores, será posible estar ante Jehová en perfección humana juntamente con una grande muchedumbre de otras personas, para recibir de Su mano el premio—¡la justificación para vida!

Ahora, ¿por qué no se hace usted precursor?

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