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  • Un rey que olvidó la gratitud
  • La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1980
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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1980
w80 1/8 págs. 27-28

Un rey que olvidó la gratitud

JOÁS era un infante indefenso cuando su abuela Atalía usurpó el trono del reino de Judá. Ella no sentía afecto por este infante. Aquella mujer ambiciosa quería que se diera muerte a todos sus nietos, puesto que éstos obstaculizaban el que ella llegara a gobernar como reina. Si no hubiera sido por la acción rápida de Josabeat, la esposa del sumo sacerdote Joiada, Joás habría sido asesinado con los demás varones de la prole real.

Josabeat se llevó al infante de entre los niños que habían de ser ejecutados. Por seis años, ella y su esposo mantuvieron a Joás escondido en la zona del templo. Atalía gobernó como reina durante todo ese tiempo. Entonces, en el séptimo año, Joiada ungió rey a este heredero legítimo del trono y ordenó la ejecución de la usurpadora Atalía. Ciertamente Joás tenía razón para estar profundamente agradecido a su tía y tío. Ellos habían contribuido a salvarle la vida y a prepararle el camino para que asumiera la autoridad real.—2 Cró. 22:10-12; 23:11-15.

GOBIERNA BIEN BAJO LA GUÍA DE JOIADA

El joven rey prosperó bajo la guía de Joiada. Uno de los proyectos sobresalientes que se emprendieron durante su reinado fue la reparación del templo de Jehová. Para aquel tiempo aquel edificio había durado más de 150 años y había sido descuidado seriamente durante la gobernación de Joram, esposo de Atalía, y la de su hijo Ocozías, al igual que durante el propio reinado de ella. Es patente que la iniquidad de esta mujer había influido tanto en los hijos de ella que éstos irrumpieron en el templo, sin duda con el fin de saquearlo.—2 Cró. 24:7.

En vista de la condición en que había llegado a estar el templo, se necesitaba una considerable suma de dinero para repararlo. Al principio fracasaron los esfuerzos que se hicieron para obtener los fondos necesarios. Los levitas a quienes se había confiado esta responsabilidad no respondieron de todo corazón. Sin embargo, cuando se hizo un cambio en el arreglo para recaudar y administrar los fondos, el pueblo cooperó y la obra prosperó.—2 Rey. 12:4-6; 2 Cró. 24:5, 6, 8-14.

SE HACE INGRATO

Después de la muerte de Joiada, Joás dejó de ser fiel siervo de Jehová Dios. Permitió que príncipes idólatras influyeran en él. Como resultado de ello, se reanudó la adoración de Baal, la cual se había descontinuado por dirección de Joiada. Jehová continuó enviando profetas para hacer que la gente volviera a sus sentidos y estimularla a arrepentirse. Pero ni el rey ni sus príncipes prestaron atención.—2 Cró. 24:17-19.

A Zacarías, el hijo de Joiada, se le inspiró divinamente a proclamar: “Esto es lo que ha dicho el Dios verdadero: ‘¿Por qué están ustedes traspasando los mandamientos de Jehová, de modo que no pueden tener buen éxito? Porque ustedes han dejado a Jehová, él, a su vez, los dejará a ustedes.’”—2 Cró. 24:20.

¿Respondió Joás con aprecio a la palabra que Jehová dio por medio de su primo? Al contrario, ni siquiera tomó en consideración la bondad que Joiada, el padre de su primo, le había mostrado. Joás ordenó que Zacarías fuera muerto a pedradas en el patio del templo. Cuando estaba a punto de morir, Zacarías dijo: “Jehová lo vea y lo reclame.”—2 Cró. 24:21, 22.

Está claro que siglos más tarde Jesucristo se refirió a este incidente, cuando dijo: “La sabiduría de Dios también dijo: ‘Yo les enviaré profetas y apóstoles, y a algunos de ellos matarán y perseguirán, para que la sangre de todos los profetas derramada desde la fundación del mundo sea demandada a esta generación, desde la sangre de Abel hasta la sangre de Zacarías, que fue muerto entre el altar y la casa.’”—Luc. 11:49-51.

Joás ciertamente recibió el castigo que merecía, al igual que más tarde la infiel generación de judíos del primer siglo E.C. Jehová Dios retiró de aquel rey ingrato su bendición y protección. Una pequeña fuerza militar siria bajo el mando de Hazael invadió a Judá con éxito y obligó a Joás a entregar tesoros del santuario. Cuando el ejército sirio se retiró, el rey era un hombre enfermo y arruinado. Finalmente, dos de sus propios siervos lo asesinaron.—2 Rey. 12:17-21; 2 Cró. 24:23-27.

¡Qué diferente pudo haber sido la vida de Joás si hubiera continuado siendo un siervo de Jehová que hubiera mostrado aprecio y hubiera continuado experimentando la protección y el favor divinos! En nuestro caso, la vida también puede ser diferente, siempre y cuando continuemos mostrando que apreciamos los justos requisitos de Dios. Un espíritu de ingratitud solo puede causar ruina, como sucedió en el caso de Joás. Por lo tanto, esforcémonos por continuar apreciando intensamente la dirección divina.

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