Poniendo ante la juventud una meta en la vida que vale la pena
“APRECIAMOS la invitación que nos ha hecho de contribuir a su fondo para la juventud,” le dijo Fernanda a su visitante en su hogar de Roswell, Georgia. “Pero hemos presupuestado todas nuestras contribuciones para nuestra propia obra de beneficencia, y esta incluye un programa de entrenamiento para jóvenes.”
“¡Felicitaciones!” dijo la mujer visitante. “¿Cuál es su organización?”
“Testigos de Jehová.”
“Oh...,” pausó la solicitante de contribuciones. “Sí, conozco a algunos de ustedes. Parecen resolver muy bien sus problemas de jóvenes. ¿Cómo hacen para despertar a los jóvenes de su apatía?”
“Eso,” reconoció Fernanda, “puede ser un desafío. A veces es difícil convencerlos de que hay algo excelente, noble y duradero por lo cual vivir.”
Su visitante concordó, agregando: “Nosotros creemos que si mantenemos un centro para jóvenes por lo menos les podemos proveer un lugar donde reunirse y disfrutar de compañerismo y esparcimiento. Eso los mantendrá alejados de las calles y —esperamos— alejados de las tertulias de drogas.”
“Eso es bueno,” reconoció Fernanda. “Pero, ¿es suficiente?”
“Por supuesto que no. Los jóvenes necesitan ideales... algo provechoso e inspirador que hacer con su vida. Aquí es donde nos encontramos con el verdadero problema.”
“Lo sé,” convino Fernanda. “Nosotros hemos hallado que la Biblia ofrece los más nobles incentivos para jóvenes y viejos por igual. Por ejemplo, Jesús dijo: ‘Hay más felicidad en dar que la que hay en recibir.’ (Hech. 20:35) Es por eso que nuestro programa estimula a los jóvenes a compartir con otros las cosas consoladoras que aprenden de los estudios que tenemos acerca de Dios y sus propósitos.”
“Pero, ¿no le parece que eso es esperar demasiado de la juventud?”
“No,” disintió Fernanda. “Lo que los jóvenes necesitan es un desafío noble. Especialmente después de aprender que ya dentro de poco Dios ‘arruinará a los que están arruinando la tierra,’ e introducirá el justo dominio de su gobierno del Reino.”—Rev. 11:18; 2 Ped. 3:13.
Su visitante se encogió de hombros. “Bueno... supongo que si alguien está convencido de que tal cosa realmente sucederá, pudiera entusiasmarse por la idea.”
Falta que hace una meta personal
Al irse su visitante, Fernanda reflexionó en lo vital que es conocer los propósitos de Dios y realmente creer que los llevará a cabo. Pensó en los esfuerzos de su esposo por ayudar a los adolescentes... como Juanito. En esa ocasión él tenía dieciocho años y acababa de graduarse de la escuela secundaria. Una noche del verano de 1973, ella estaba presente cuando su esposo, Marcelo, preguntó:
“¿Has hallado algo que te absorba completamente, Juanito?”
“No realmente. Por supuesto que me gusta acampar. Navegar. Nadar.”
Marcelo intentó una nueva táctica:
“¿Tienes alguna ambición? ¿Digamos en algún negocio o profesión?”
“No.”
“Así que aquí estás. Un graduado de la escuela secundaria. Sin ninguna carrera en mente. No pareces tener una chica de amiga. Te has criado en una familia de cristianos dedicados. Dime. ¿Te has enfrentado alguna vez a un problema tan grande que hayas dedicado mucho tiempo a orar sobre él?”
“No.”
“Pero, dime, ¿oras?”
“Algunas veces.”
“Cuando oras, ¿sientes que es como una conversación íntima, personal con tu Padre celestial?”
“Creo que sí.”
“Juanito, tengo que confesarte algo. Son las personas como tú que presentan el desafío más difícil con el que jamás me he encontrado.”
“¿Qué quiere decir con eso?”
“Me refiero al desafío de despertarte a la necesidad de tener una meta personal en la vida. Por ejemplo,” continuó Marcelo, “¿quieres tener buen éxito?”
“Me imagino que sí.”
“Si murieras esta noche, ¿te recordaría Jehová Dios y te resucitaría?”
“Espero que sí.”
“¿Por qué crees que debería?”
Aprecie su conocimiento de la Biblia
Era una pregunta dura. Marcelo estaba tratando de despertar a Juanito a la seriedad de tener una excelente relación con Dios. Le recordó a él su educación cristiana basada en la evidencia bíblica de que el fin de este sistema de cosas ocurrirá dentro de esta mismísima generación. (Mat. 24:1-34; 2 Ped. 3:5-12; Rev. 21:1-4) Le aseguró: “Tu aprecio de la Palabra de Dios va más hondo de lo que te imaginas. Por ejemplo, lee esto en el capítulo 4 de Efesios, desde el Efe. cap. 4 versículo 17-19 hasta el 19.”
Juanito tomó la Biblia y leyó: “Esto, por lo tanto, digo y de ello doy testimonio en el Señor, que ya no sigan ustedes andando así como las naciones también andan en la inutilidad de su mente, estando ellas mentalmente en oscuridad, y alejadas de la vida que pertenece a Dios, a causa de la ignorancia que hay en ellas, debido a la insensibilidad de su corazón. Habiendo llegado a estar más allá de todo sentido moral, se entregaron a la conducta relajada para obrar toda clase de inmundicia con avaricia.”
“Reflexiona sobre algunos de estos puntos, Juanito. ¿Qué significa el que la gente del mundo esté mentalmente en oscuridad?”
“No conocen las leyes de Dios.”
“¿Y por qué están alejados de la vida que pertenece a Dios?”
“Porque no están en armonía con los caminos y los propósitos de Dios. Son inmorales; no reconocen lo correcto y lo incorrecto, en el sentido bíblico.”
“Pero, ¿los reconoces tú?”
“Hasta cierto grado.”
“Por supuesto que sí. Ahora, ¿te ayuda esto a comprender que posees un almacén muy grande y valioso de conocimiento espiritual? Espiritualmente, eres un joven rico. Si mil personas en nuestra zona tuvieran el conocimiento que tú tienes de la Biblia, ¿cuántas de ellas podrían sobrevivir al fin de este sistema, del cual les advierte la Biblia?”
“Todas,” replicó Juanito, “si actuaran en conformidad con ese conocimiento.”
“¿No ves el punto? Tienes muchas oportunidades de ayudar a incontables personas a obtener vida compartiendo tu conocimiento con ellas. Lo que pasa es que no te has entusiasmado lo suficiente para comprender esto.”
La indiferencia es seria
Juanito respiró profundamente. “Lo sé. Ese es mi problema.”
“¿Cómo podemos animarte para que quieras tener buen éxito?”
“No sé.”
Marcelo cerró los ojos e inclinó la cabeza. “Eso es lo que me desconcierta a mí también. Has aceptado tu enseñanza cristiana porque eso es lo único que has conocido en tu hogar. Has continuado con la asociación y con las actividades de los testigos de Jehová porque tu familia y amigos te han llevado consigo. Pero, ¿qué pasaría ahora si todos te abandonáramos? ¿Qué te pasaría?”
“Bien pudiera ser que dejara todo.”
“¿Te preguntas qué es lo que Jehová y su Hijo opinan de ti?”
“No mucho, me imagino.”
“Ellos te dicen lo que opinan. Lee Revelación cap. 3, versículo 16.”
Obedientemente Juanito se dirigió al texto y leyó: “Así, por cuanto eres tibio y ni caliente ni frío, voy a vomitarte de mi boca.”
“¿Qué es lo que te llama aquí el Hijo de Dios?”
Por primera vez Juanito fue sacudido. “Un bocado de algo que merece ser vomitado.”
“Eso no es un cumplido. Tienes que comprender que Jehová Dios no va a conceder vida eterna a alguien que es indiferente, que no aprecia verdaderamente las provisiones de Dios para nosotros.”—Heb. 10:28-31.
Nerviosamente Juanito dio tirones de un mechón de cabello rebelde. “No pensé que era tan serio. No quiero serles repugnante a Jehová y a Jesús.”
“Bueno, pues,” siguió con el argumento Marcelo, “puedes alegrar sus corazones.”
“¿Cómo?”
“Orando a Jehová para que te ayude a recobrarte de tu indiferencia, y obrando en armonía con tus oraciones.”
Cómo tener verdadero éxito
En su esfuerzo por ayudar a su joven amigo a ver lo que verdaderamente importa en la vida, Marcelo preguntó: “¿Qué dirías tú que significa tener verdadero éxito?”
Juanito pensó. “Bueno, el mundo dice que tener éxito significa ganar dinero, poder y fama. Hacer algo grande.”
“¿En cuántos de estos aspectos dirías que Jesucristo tuvo éxito?”
“En ninguno,” contestó Juanito. Pero a medida que continuó pensando en ello, comprendió que Jesús había hecho la cosa más grande, más importante jamás realizada. Defendió el nombre de su Padre bajo las más severas pruebas, y dio su vida como rescate para recobrar a toda la familia humana de la condenación a la muerte. (Rom. 3:24, 25; Juan 3:16) Y después de eso Jesús mismo dijo: “Toda autoridad me ha sido dada en el cielo y sobre la tierra.”—Mat. 28:18.
“Así es que Jesús ganó todo,” recalcó Marcelo. “Riquezas. Fama. Poder. Lo ganó todo, pero no al modo del mundo. Ahora, si tú y yo queremos tener éxito, ¿a quién deberíamos imitar? Digamos, que queremos hacernos famosos. ¿Cómo procederíamos?”
“Como lo hizo Cristo, haciendo que Jehová Dios nos conozca de un modo favorable.”
“Correcto,” sonrió alegremente Marcelo. “Hace un momento dijiste que si mil personas en nuestra zona tuvieran el conocimiento que tú tienes de la Biblia y actuaran en armonía con él, podrían sobrevivir al fin del mundo. Por lo tanto, ¿qué obra más importante podrías hacer que la de llegar a tantas personas como puedas con la ayuda que puede salvarles la vida?”
Juanito confesó: “Se me hace difícil comprender que este es el modo de tener verdadero éxito en la vida.”
“¿Se le hizo difícil a Jesús comprender ese hecho cuando fue un hombre sobre la Tierra?”
“No,” reconoció Juanito. “Aunque realizó milagros y obras poderosas, la cosa principal que hizo fue enseñar a la gente acerca de Dios.”
Marcelo golpeó en el brazo de su sillón con sus nudillos para dar énfasis. “Reflexiona, ahora. Cuando vas a los hogares de la gente para enseñarle, ¿qué cualidad clave de Dios estás ejerciendo?”
“Amor. El amor a Dios y amor al prójimo.”—Mat. 22:37-40.
“Cuando te presentas en el propio nombre personal de Dios y defiendes la verdad en contra del error, ¿por qué alegra eso el corazón de Jehová?”
“Demuestra que somos como Jesús en cuanto a amar la justicia y odiar el desafuero.”—Heb. 1:9; Pro. 27:11.
“Ves, todo esto y mucho más sucede al compartir tu conocimiento bíblico con otros.”
Haciendo lo que Dios aprueba
El hombre mayor había descargado preguntas duras y el joven había dado respuestas sólidas. Ambos estuvieron de acuerdo en este hecho, que se había acumulado conocimiento espiritual, pero que este había permanecido inactivo en la mente del joven. “Pero aparte de hacerte pensar, ¿ha avivado tus emociones esta conversación?” preguntó Marcelo.
“Esa parte de ser desagradable a Jehová y a Jesús,” replicó rápidamente Juanito. “Eso me molesta. Voy a hacer algo acerca de eso.”
“¿Qué, por ejemplo?”
“Quiero dedicar mi vida a Jehová.”
“Por su bautismo en agua Jesús simbolizó la presentación de sí mismo para hacer la voluntad de Dios,” le recordó Marcelo a Juanito. “El seguir su ejemplo significa que el cristiano también tiene que bautizarse. Pero al dedicar tu vida a Dios, Juanito, es de vital importancia saber cuál es su voluntad para ti. Es por eso que se recomienda un repaso de las enseñanzas bíblicas básicas antes del bautismo.”—Mat. 3:13-17; 28:19, 20.
“¿Repasaría usted esas preguntas conmigo?”
“¡Con mucho gusto!” contestó Marcelo.
Fue un momento emocionante, recordó Fernanda. Se fijó un tiempo para el repaso.
Lo que ella le había dicho a la dama visitante ese día es cierto; los testigos de Jehová verdaderamente contribuyen su tiempo, energía y recursos a una causa que vale la pena. Esa causa incluye ayudar a los jóvenes a tener una meta en la vida que vale la pena.—Contribuido.