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  • g88 8/12 págs. 20-23
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  • Perdido por más de veinte años
  • ¡Despertad! 1988
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  • Confinado en una clínica
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¡Despertad! 1988
g88 8/12 págs. 20-23

Perdido por más de veinte años

“Tú eres mi hermano, y tú, mi hermana. ¡Cuánto he esperado este momento!”

¡QUÉ emocionado estaba Jimmy cuando dijo estas palabras el día que mi esposa y yo lo encontramos! Durante más de veinte años había estado aislado en condiciones semejantes a las de una cárcel. Ahora, a partir de nuestra visita en 1977, iba a comenzar para él un período de alivio.

Pero, ¿dónde y cómo podrían darse en nuestro tiempo situaciones tan propias de la Edad Media? En primer lugar, comencemos el relato por el principio.

Una vida trágica iluminada por la verdad bíblica

Jimmy Sutera nació el 13 de junio de 1913, y se crió en Brooklyn (Nueva York). Su verdadero nombre es Vincent, pero siempre le han llamado Jimmy. Una meningitis espinal que tuvo de pequeño lo dejó terriblemente incapacitado. Siendo aún un niño, comenzó una larga serie de confinamientos en hospitales.

Cierto día, después de llegar a casa de la iglesia, Jimmy estaba sentado en el patio de su casa llorando de soledad. La escena conmovió a una bondadosa mujer llamada Rebeca, y comenzó a consolarlo. Le explicó que Dios se preocupaba por él, y que Él tiene un nombre, Jehová. Jimmy en seguida captó el claro sonido de la verdad en el maravilloso mensaje que le presentó aquella testigo de Jehová (o Estudiante de la Biblia, como se conocía entonces a los Testigos).

Tanto los padres de Jimmy como sus hermanos y hermanas desaprobaron la fe que acababa de hallar. Por eso, él trató de obtener conocimiento bíblico a escondidas. Sus padres pensaban que iba a la iglesia, pero, en realidad, asistía a las reuniones de los Estudiantes de la Biblia y participaba con ellos en el ministerio público.

En 1932 Jimmy se dedicó a Dios y simbolizó su dedicación mediante el bautismo en agua. Es interesante que fue el por entonces presidente de la Sociedad Watch Tower, J. F. Rutherford, quien presentó el discurso de bautismo.

Aunque a Jimmy se le hacía muy difícil caminar, participaba en la predicación del Reino de casa en casa empleando las tarjetas de testificación y el fonógrafo. Uno de los principales métodos que empleaban los testigos de Jehová en la década de los treinta para proclamar el mensaje del Reino era tocar sermones grabados en las puertas de las casas. Aunque a Jimmy no le resultaba fácil llevar nada, allá iba él, cargado con el fonógrafo a un lado y una cartera llena de literatura bíblica al otro.

Confinado en una clínica

Pero entonces Jimmy enfermó de poliomielitis y sufrió una serie de ataques, a consecuencia de los cuales quedó inútil del lado izquierdo. También contrajo la enfermedad de Parkinson, y solo podía hablar con dificultad y a trompicones. Sus padres, que para entonces ya eran muy mayores, decidieron internarlo en una clínica especializada en Brooklyn (Nueva York). Eso sucedió en 1958.

Es encomiable el hecho de que algunos miembros de su familia se preocupaban verdaderamente por él y le visitaban varias veces a la semana, pese a que algunos de ellos estaban muy opuestos a sus creencias. Desgraciadamente, la administración de la clínica demostró su antagonismo hacia su religión. Puesto que estaba físicamente incapacitado hasta para usar el teléfono y llamar a sus hermanos espirituales, Jimmy perdió todo contacto con el pueblo de Jehová. Así que allí estaba, en una clínica situada a escasos kilómetros de la central mundial de los testigos de Jehová, pero atrapado como un prisionero y aislado de toda asociación espiritual.

Las condiciones de la clínica se deterioraron, y con el tiempo, a mediados de los años setenta, el estado declaró el edificio en ruinas. Sin embargo, debido a la escasez de clínicas de este tipo en la ciudad de Nueva York, no se pudo encontrar ningún lugar adonde trasladar a los pacientes. Las cucarachas corrían impunemente por el suelo y las paredes. A veces, miembros del personal incluso llegaron a pegar a Jimmy. Él aguantó aislado en ese miserable lugar por más de veinte años. Sin embargo, su Señor Soberano Jehová no se había alejado de él y mantuvo su fe viva y fuerte, hecho que mi esposa y yo podemos atestiguar. Pero, ¿cómo llegamos a dar con él?

Cómo encontramos a Jimmy

A comienzos de los años setenta, mi esposa —Bárbara— y yo también llegamos a ser testigos de Jehová. Con el tiempo nos mudamos del norte del estado de Nueva York a Queens, en la ciudad de Nueva York. Mientras planeábamos la mudanza, mi padre recordó que un tío suyo que vivía en la ciudad tal vez fuese testigo de Jehová. En realidad, se acordaba de que su tío Jimmy solía contarle hermosas historias acerca de muchachitos que jugarían con leones en un paraíso.

Llevábamos en Nueva York más o menos un año cuando la hermana del tío Jimmy, mi tía abuela, nos dijo que, efectivamente, él era testigo de Jehová, “uno de los tuyos”, como decía ella. Nos dio la dirección, y en menos de una hora estábamos en la clínica. En la puerta una enfermera nos impidió el paso, ya que no eran horas de visita. Le expliqué que estábamos allí para ver a mi tío abuelo y que yo era ministro de los testigos de Jehová.

“No tengo prejuicios; pero aquí no permitimos la entrada a los testigos de Jehová —fue la respuesta saturada de prejuicios que recibimos—. Permitimos la entrada al sacerdote católico, al ministro protestante y al sacerdote episcopal, pero no dejamos pasar a ningún testigo de Jehová.”

Traté de mantener la calma y le di dos opciones: 1) podía dejarnos pasar inmediatamente y por las buenas o 2) podía explicárselo a la policía. Ella tomó una decisión rápida y pacífica.

No recordaba haber visto nunca a Jimmy, pues yo solo tenía cuatro años de edad cuando él ingresó en la clínica. Entramos en su habitación y le dijimos cómo nos llamábamos. Incorporándose bruscamente en su cama, exclamó: “¡Hermano mío!”.

“No, creo que no sabes quiénes somos”, dije, y le repetí nuestros nombres.

“Tú eres mi hermano —dijo de nuevo—, y tú, mi hermana. ¡Cuánto he esperado este momento!” Por supuesto, lo que quería decir era que nosotros éramos su hermano y hermana en sentido espiritual.

Nos enteramos de que su hermana, que estaba muy opuesta a nuestras creencias religiosas, le había hablado de nosotros. “Al y Bárbara se han hecho de tu religión”, le había dicho. Así que durante varios años él había esperado que fuéramos a verle y compartiéramos con él la fe que teníamos en común.

Una fe viva y fuerte

Según avanzaba la conversación, cada vez se hacía más evidente que este hombre, que solo era piel y huesos, albergaba un enorme corazón rebosante de espíritu y fe. Cuando pusimos a prueba su memoria, él citó multitud de pasajes de la Biblia, consideró con nosotros profundas profecías bíblicas y hasta cantó una canción que él mismo había compuesto, en la que expresaba su sincero aprecio por Jehová. Al tío Jimmy se le iluminaba la cara; todo él irradiaba un gozo y entusiasmo propios tan solo de la persona que obviamente recibe el apoyo de Dios. Para nosotros fue como un milagro. Por decirlo de alguna manera, nos parecía una resurrección.

Poco tiempo después, se acercaba la fecha de la asamblea de distrito de 1977. Consultamos si podríamos llevar a Jimmy, pero el administrador se negó rotundamente. En otra ocasión preguntamos a una enfermera si podíamos llevar al tío Jimmy a dar una vuelta a la manzana en su silla de ruedas. Aunque no era su costumbre sacarlo para nada, a ella le pareció una buena idea. De manera que eso hicimos. Sin embargo, habíamos andado solo un poco cuando el administrador vino corriendo detrás de nosotros, gritando y diciéndonos que nunca lo volviéramos a sacar.

Desde nuestra primera visita, le dejábamos a Jimmy publicaciones bíblicas. Cuando volvíamos, habían desaparecido. “¿Dónde están?”, preguntábamos.

“Las coloqué”, decía.

“¿Y tu Biblia?”

“La coloqué.”

El cancionero, el Anuario, todo lo que le dejábamos lo repartía entre los que mostraban interés. Tal era su deseo de alabar el nombre de Jehová. También estaba al tanto de que la administración destruiría cualquier publicación nuestra que encontrase.

En cierta ocasión, mientras hablábamos acerca de los acontecimientos mundiales y la profecía, dije: “Tío Jimmy, ¿no es maravilloso? Dentro de poco tiempo habrá llegado el fin de este sistema predicho por Jesús. Pronto serás glorificado como rey y sacerdote en el cielo, y todos tus sufrimientos habrán terminado”.

Sin dudar un momento, contestó enfáticamente: “Eso no es lo importante”. Y añadió de modo categórico: “¡El nombre de Jehová será vindicado!”. Su manera piadosa de ver las cosas hizo que se nos saltaran las lágrimas. Ha sufrido tanto durante toda su vida, y, sin embargo, su mayor deseo no es obtener alivio personal, sino que el nombre de Jehová sea santificado.

Un cambio positivo

En 1978 las clínicas de la ciudad de Nueva York especializadas en atender a los impedidos fueron a la huelga, lo que obligó a que los pacientes fueran trasladados a hospitales. El estado no permitió la reapertura de la vieja clínica. De modo que ahora Jimmy vive en una clínica mucho mejor situada en una parte de la ciudad cercana al mar. Todas las enfermeras están encantadas con él y lo cuidan bien. ¿Y sus necesidades espirituales?

En la actualidad, los miembros de la congregación local de los testigos de Jehová llevan al tío Jimmy a las reuniones y asambleas. Él distribuye más de un centenar de revistas cada mes, la mayoría de ellas en la clínica. De todas maneras, los Testigos también lo llevan al ministerio de casa en casa en su silla de ruedas. En varias ocasiones, sus hermanos y hermanas espirituales lo han llevado a visitarnos a Bárbara y a mí a las Granjas Watchtower, en el norte del estado de Nueva York, donde hemos estado viviendo durante los últimos diez años.

El tío Jimmy dice que la congregación es “maravillosa, todos me quieren”. Es cierto. Verdaderamente lo aman y se preocupan por él. El superintendente presidente, Joseph Bowers, dice: “Nunca he oído a ningún hermano quejarse por tener que cuidarlo”. Entonces, con la voz cargada de emoción, añade: “Mi vida se ha enriquecido al conocerlo”.

Aunque es posible que algunos piensen que Jimmy ha recibido una educación deficiente, él tiene la cuestión principal claramente enfocada: la vindicación de Jehová como Soberano Supremo del universo. Eso es lo más importante para él. Feliz de estar vivo, sirve alegremente a Jehová, comprendiendo a plenitud que su derrotero fiel en la vida prueba que Satanás es un mentiroso, y ha hecho posible que ahora participe en la obra que reconoce como la más importante, el ministerio cristiano.—Según lo relató Albert Caccarile.

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