Los problemas de las mujeres que trabajan
A MENUDO los titulares nos dicen de mujeres en puestos atractivos y bien remunerados que antes eran ocupados casi exclusivamente por hombres. Algunas llegan a ser presidentas de países, miembros de los gabinetes gubernativos, presidentas o moderadoras de grupos que debaten por TV, bolsistas, etc. Sin embargo, todavía es cierto que la gran mayoría de las mujeres tienen trabajos de sueldo bajo, de categoría inferior, con escasa oportunidad de adelanto.
El hecho es que a pesar de las victorias legales y las leyes federales que prohíben el discriminar contra las mujeres en los empleos, parece que el cuadro está empeorando, no mejorando, para las mujeres que trabajan. “¿Progreso? ¿Qué progreso?” exclamó en 1976 la Organización Nacional para las Mujeres. “Estamos retrocediendo. Las cosas ni siquiera se quedan como estaban.”
Las estadísticas recientes del gobierno muestran que en los pasados 20 años la diferencia entre lo que gana el hombre medio y la mujer media ha estado aumentando, no disminuyendo. Más del 80 por ciento de todas las mujeres que trabajan en los EE. UU. ganan menos de 10.000 dólares al año, en contraste con solo el 38 por ciento de los hombres. Según el Departamento de Censo de los EE. UU., algunas graduadas universitarias solo ganan el 60 por ciento de lo que ganan los graduados universitarios. Además, un estudio realizado por una organización de investigación de Nueva York indicó que desde ahora hasta 1985 más de las dos terceras partes del aumento en empleo femenino sería en trabajos de oficina modestos, y que los sueldos seguirían a un nivel sustancialmente inferior a los sueldos de los hombres.
Lo que todo esto quiere decir es que la mujer que espera hallar un trabajo excitante, que le pague un sueldo suficientemente alto como para hacerla financieramente independiente, probablemente sufrirá una desilusión. No solo hay gran posibilidad de que su trabajo sea mecánico y de naturaleza servil, sino que si ella le paga a alguien para cuidar a sus hijos mientras ella trabaja, puede que apenas saque para los gastos. El caso es que casi siempre hay otros gastos: transporte, almuerzos alejados de la casa, ropa necesaria para trabajar, alimentos fáciles de preparar más costosos, servicio de lavandería, visitas a la peinadora... todo lo cual reduce a buen grado su sueldo.
Problemas en el trabajo mismo
Además, el ambiente del trabajo a menudo tiene un efecto muy adverso en los nervios de la mujer. A muchas no les gusta la murmuración, las intrigas de oficina, la rivalidad y a veces la falta de honradez del mundo comercial movido por despiadado egoísmo. Tampoco es edificante en todo caso el clima moral. Muchas mujeres han sufrido hostigamiento sexual por parte de los hombres empleados allí o los patronos.
El Programa de Cornell sobre Asuntos Humanos realizó una encuesta sobre este tema y descubrió que el 92 por ciento de las mujeres interrogadas expresaron que el hostigamiento sexual en los trabajos era un problema grave, y no menos del 70 por ciento dijeron que lo habían sufrido personalmente. La encuesta reveló que casos de hostigamiento sexual, que según la definición de ellas incluía constantes miradas lascivas y de atrevida familiaridad, apretujones y pellizcos, el rozar continuamente con el cuerpo de una mujer, propuestas sexuales apoyadas por la amenaza de perder el empleo, y, en casos extremos, hasta relaciones sexuales forzadas, ocurrían en toda categoría de trabajo, prescindiendo de edad, estado marital y sueldo.
¿Qué hay del hogar?
Otro problema que perturba a muchas madres que trabajan es que su empleo las deja rendidas. No obstante, cuando llegan a casa todavía hay muchas cosas que tienen que atender. En muchos casos el que las mujeres asuman la carga adicional de trabajar fuera del hogar no resulta en que los esposos cooperen y ayuden con los quehaceres domésticos a mayor grado que antes que sus esposas empezaran a trabajar.
Considere, por ejemplo, una encuesta que se hizo de médicas en la zona de Detroit, Michigan, en 1976. En ésta se manifestó que además de trabajar una jornada completa como médicas, tres de cada cuatro de estas mujeres se encargaban cabalmente de hacer las compras y cocinar para la familia, cuidar a los niños y manejar el dinero. Las dos terceras partes de ellas tenían alguna ayuda doméstica durante un día o dos de la semana para ayudar con el lavado de la ropa y la limpieza, pero la tercera parte restante hasta hacía todas sus propias tareas domésticas.
La energía que esto exige de la mujer que trata de llevar esta carga sobrehumana por largo tiempo puede llevar a un problema grave. Las mujeres que han tratado de hacerlo confiesan francamente que es inevitable que los quehaceres domésticos se desatiendan. Una madre que trabaja declaró que ahora cuando saca las toallas de su secadora literalmente las arroja a su armario para ropa blanca a fin de ahorrar el tiempo que se precisaría para doblarlas. Otra dice que su esposo solía quejarse si ella no le planchaba sus pañuelos; ahora que ella trabaja él se siente complacido si ella tan siquiera los saca de la secadora y se los pone en el cajón.
¿Qué les sucede a los hijos?
Aunque hoy día muchos esposos están dispuestos a pasar por alto mucho de lo que en otro tiempo esperaban de sus esposas, hay otro asunto del cual las madres que trabajan no pueden deshacerse tan fácilmente... las necesidades de sus hijos. Tal vez arguyan que lo que vale es la calidad del tiempo que pasan con sus hijos, no la cantidad, y hasta cierto grado esto es cierto. No obstante, una madre que trabaja puede quedar tan rendida que su cansancio no solo afecta la cantidad sino también la calidad del tiempo que dedica a sus hijos.
Los autores de un libro que anima a las amas de casa a trabajar reconocen este problema de la madre que trabaja y recomiendan que ella haga lo siguiente cuando llega a casa y la reciben sus hijos deseosos de contarle acerca de su día: “Dígales a esas adorables caritas sonrientes que se queden calladitos hasta que Mamá tenga 15 minutos sola en su cuarto para efectuar la transición, recobrar la calma, mudar de ropa, y posiblemente tragarse un coctel rápido. Cierre la puerta con llave si eso es necesario, porque, en cuanto a nosotros, ésta es una parte sumamente importante en el horario de cualquier madre que trabaja.”
Lo que pasa con este consejo es que la madre que trabaja quizás descubra, como lo han hecho algunas, que para el tiempo en que ella está lista para sus hijos, ellos han perdido interés. El precioso y vehemente deseo de compartir con su madre las cosas que ellos consideran importantes ha desaparecido, y ha sido reemplazado por una barrera de silencio.
Un siquiatra que se especializa en los conflictos emocionales de las mujeres de carrera dice que a los hijos simplemente no les gusta que sus madres trabajen. “Aunque los hijos rara vez se quejan porque los padres no están en casa, libremente expresan su ira contra su madre por estar alejada,” afirma él. “La madre, les parece a ellos, debe ser solamente para ellos.”
Este siquiatra afirma que debido al movimiento de liberación feminista, las mujeres que tienen carreras se han hecho intolerantes de toda clase de dependencia. “Para las que tienen hijos,” dice él, “significa que esperan que sus hijos crezcan tan pronto como nazcan. Quieren que los hijos sean muy parecidos a ellas, ingeniosos e independientes. Y los hijos no están preparados para eso.”
Ni son los hijos pequeños los únicos que requieren atención, como señala una madre y ama de casa que tiene dos hijos grandes y un hijo de dieciséis años de edad todavía en casa. “Uno tiene que aguijonear a los hijos,” dice ella, “realmente mostrarles que uno está interesado en ellos, en lo que les sucedió durante el día. No lo cuentan espontáneamente. Y si uno no está en casa para considerar estas cosas con ellos, hallarán a otra persona en quien confiar. ¿Cómo sabe uno si no confiarán en una persona inmoral o inmatura?”
Esta madre añadió: “Dos muchachas de esta vecindad, cuyas madres trabajan, a menudo vienen acá a visitar después de la escuela hasta que alguien llegue a su casa. Me cuentan cosas que nunca les dicen a sus madres. Cuando sugiero que lo hagan, dicen que sus madres están demasiado ocupadas para atenderlas.”
El problema del buen éxito
Algunas mujeres logran verdadero éxito en el mundo de los negocios. Ganan mucho dinero, ejercen considerable influencia y cuentan con el respeto de sus socios comerciales. Pero su trabajo a menudo exige que trabajen horas adicionales y que hasta viajen. Para una madre, esto quiere decir que no solo tiene que dejar a sus hijos sino también a su esposo. Sin embargo, si rehúsa hacer eso, puede perder su trabajo.
Una mujer que es directora de la bolsa de Valores Americana, un trabajo que hasta recientemente se clasificaba tradicionalmente como ‘solo para varones,’ está de viaje más del 30 por ciento del tiempo. También tiene gemelas infantes. ¿Su solución? Tiene una casera de día y, cuando está de viaje, su esposo le sirve de niñera después que llega a casa de su trabajo. Cuando ella está de viaje, su día normal de trabajo empieza a las seis de la mañana y termina a las once de la noche... un horario que excluye toda posibilidad de cumplir como madre aunque estuviera físicamente cerca de sus hijas.
Así para la verdadera “mujer de carrera” el hogar y la familia tienen que ser de importancia secundaria, porque, como señala la antropóloga Margaret Mead: “Por lo general el cuidado continuo que se da a los hijos pequeños, al esposo y a la casa no tiene compatibilidad con el total y concentrado esfuerzo de seguir una carrera. Hay un contraste agudo entre el estilo de vida de una buena esposa y madre y la de una buena científica, artista o directora.”
A menudo resulta desastroso el tratar de mezclar una carrera en el mundo con el cuidar a una familia. Una mujer cuyo matrimonio se desbarató explica: “Mi trabajo casi se había convertido en un amante para mí. Cuando digo que mi carrera ocupa un lugar elevado en mi vida, es porque es mi vida.”
Sin embargo, aun las mujeres que trabajan pero que no están dedicadas a una carrera necesitan reconocer lo muy profundamente que su trabajo puede afectar su relación marital. Una mujer que, después de unos veinte años de casada, volvió a trabajar comenta: “Me parece que Luis me echa de menos mucho cuando no estoy en casa . . . Y actualmente me siento algo irritada cuando oigo: ‘Ven y ayúdame a hacer mi maleta.’ Pienso: ‘¡Haz tu propia maleta!’ Y nunca antes me sentía así. Siempre me deleitaba en ayudarlo porque me parecía que ése era el papel que debía desempeñar.”
Esto nos trae de nuevo a la pregunta: ¿Dónde debe estar la mujer? ¿En el hogar? ¿En algún empleo? ¿Cuál es su papel debido?