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¡Despertad! 1996
g96 22/12 págs. 19-23

Recibí fuerzas para superar las pruebas

RELATADO POR EDWARD MICHALEC

El comisario de Wharton (Texas) estaba furioso. Al llevarme por cuarta vez a la cárcel, gritó: “Pero ¿por qué no acata las órdenes?”.

“Estoy en mi perfecto derecho”, repliqué bruscamente. El oficial se irritó más y se lanzó a golpearme con la porra. Otros agentes le secundaron con la culata de sus armas.

AQUELLOS hechos ocurrieron hace casi sesenta años. Cuando reflexiono, veo que Jehová Dios se valió de situaciones así para prepararme, a fin de que más adelante pudiera hacer frente a las exigencias de ser uno de los dos únicos testigos de Jehová que vivían en Bolivia, nación sudamericana del tamaño de Francia. Mi experiencia quizá le ayude a ver cómo nos fortalece Jehová cuando afrontamos pruebas.

En 1936, cuando trabajaba en un taller de reparación de radios de Boling (Texas), escuché un discurso radiado del entonces presidente de la Sociedad Watch Tower Bible and Tract, Joseph F. Rutherford. Me cautivó oírle hablar de las bendiciones que traerá el Reino de Dios a la humanidad obediente. (Mateo 6:9, 10; Revelación [Apocalipsis] 21:3, 4.) Más tarde vi que teníamos en casa libros de Rutherford y me puse a leerlos.

Al observar alarmada que me interesaban “esos viejos libros de religión”, mi madrastra los ocultó y amenazó con quemarlos. Escribí a la Sociedad Watch Tower para suscribirme a The Watchtower (La Atalaya) y The Golden Age (La edad de oro), revista que más tarde fue llamada ¡Despertad!; en respuesta, la Sociedad mandó a visitarme a William Harper, de la recién formada Congregación Wharton. Poco después ya estudiábamos con él la Biblia mi madrastra, mi hermano, mi medio hermano menor y yo. No tardamos en simbolizar nuestra dedicación a Jehová bautizándonos.

En 1938, Shield Toutjian, representante viajante de la Sociedad, visitó nuestro hogar en Boling y dio una conferencia bíblica. Teníamos la sala atestada; había gente hasta en la entrada de los cuartos contiguos. El hermano habló de la perseverancia del profeta Jeremías al predicar a sus contemporáneos pese a la oposición. (Jeremías 1:19; 6:10; 15:15, 20; 20:8.) Con aquellos discursos, Jehová nos fortaleció para las pruebas venideras.

Las consecuencias de una decisión

Pronto entendí que debía tomar una decisión. Después de cursar ciencias empresariales, procuré ser alguien en los negocios. Tenía un taller de venta y reparación de radios, y también instalaba líneas para una compañía telefónica. Pero vi que el éxito real consiste en agradar al Creador, Jehová Dios. Así que cerré el negocio, habilité un vehículo como vivienda, y el 1 de enero de 1939 me uní a varios precursores —evangelizadores de tiempo completo— que servían en Three Rivers (condado de Karnes, Texas).

En septiembre de 1939 estalló la II Guerra Mundial en Europa, situación que aprovecharon los opositores para calumniar a los testigos de Jehová. Nos tildaban de quintacolumnistas o espías del Eje. Llevados por los infundios, muchos nos hostigaron. A principios de los cuarenta me encarcelaron nueve o diez veces, y en una de ellas el comisario y sus ayudantes me propinaron la paliza que mencioné antes, por la cual tuve que recibir atención médica.

Por cierto, aquel comisario hizo un trato con un fornido obrero de un yacimiento petrolífero: no lo procesaría por juego ilegal si me agredía. Así que un día, mientras yo ofrecía las revistas en la calle, me atacó con una cadena. Aparecieron algunos ayudantes del comisario, pero, en vez de arrestarlo a él, me encerraron a mí. Más tarde, el agresor me reveló la razón del injustificado ataque y se disculpó.

Qué aprendí de las pruebas

Afrontar dichas pruebas fortaleció mi fe en Dios. En primer lugar, no recuerdo el dolor de los golpes, pero sí la calma y la paz subsiguientes. (Hechos 5:40-42.) Aprendí a obedecer esta exhortación del apóstol Pablo: “Alborocémonos estando en tribulaciones, puesto que sabemos que la tribulación produce aguante”. (Romanos 5:3.) Luego, cuando reflexionaba en los golpes recibidos, me decidía aún más a no permitir, con la ayuda de Jehová, que me silenciaran los agentes de Satanás.

Aprendí otra lección muy útil. Cuando dije con falta de tacto: “Estoy en mi perfecto derecho”, irrité al comisario. En otra ocasión volvió a enfrentárseme, furioso porque los Testigos no participábamos en la guerra. (Isaías 2:4.) Con ánimo de provocar, preguntó: “¿Defendería a su país si se lo pidieran?”.

Como había aprendido la lección del tacto, respondí: “Si supiera con certeza que así lo quería Jehová, lo haría sin dudarlo”. Aquella respuesta lo calmó y no hubo represalias.

Recibo preparación para la labor de mi vida

La asistencia en 1944 a la tercera clase de la Escuela Bíblica de Galaad de la Watchtower, que brinda un curso de cinco meses de capacitación para la obra misional, marcó un hito en mi vida. Antes de asistir, me daba pánico discursar. Una gran ayuda fue tener que presentar discursos periódicamente ante un centenar de alumnos, con frecuencia en un auditorio al aire libre. Nuestro instructor de oratoria, Maxwell Friend, me interrumpía a menudo y gritaba: “No le oigo, hermano Michalec”. De este modo me ayudó a descubrir que tenía una voz bastante potente.

Cuando Nathan H. Knorr, el entonces presidente de la escuela, anunció mi asignación misional, Bolivia, recuerdo que me dio este consejo: “Hallará a muchas personas humildes. Trátelas con amor, paciencia y consideración”. Como aún no había acabado la II Guerra Mundial, tuvimos que esperar un poco antes de ir a nuestros destinos. Por fin, el 25 de octubre de 1945, Harold Morris, un compañero de clase, y yo llegamos al aeropuerto El Alto, a las afueras de La Paz, la capital de Bolivia. Así, nos convertimos en los dos únicos Testigos del tercer país más grande de Sudamérica.

Un autobús nos llevó del aeropuerto, situado a 4.100 metros sobre el nivel del mar, a la capital, La Paz, que se extiende por el fondo y las laderas de un gran valle. Nos costó bastante habituarnos a vivir a más de tres kilómetros sobre el nivel del mar.

Comenzamos con poco y con dificultad

Desde el principio hicimos visitas de casa en casa. Pese a que luchábamos con nuestro limitado español, la gente nos escuchaba con amabilidad y paciencia. Enseguida condujimos cada uno entre dieciocho y veinte estudios bíblicos semanales. Al cabo de seis meses, el 16 de abril de 1946, un alegre grupito se nos unió en la celebración anual de la muerte de Cristo. Poco después llegaron cuatro graduados más de Galaad, entre ellos la que sería mi esposa, Elizabeth Hollins.

El hermano Morris y yo no tardamos en viajar a otras ciudades, como Cochabamba y Oruro, que eran la segunda y la tercera más grandes de Bolivia. Cuando informé al hermano Knorr del interés que había y las publicaciones que distribuíamos, sugirió visitar aquellas poblaciones cada tres meses para ayudar a los interesados. Muchas de aquellas personas amigables y hospitalarias se hicieron testigos de Jehová.

Solo un año después de acabar la II Guerra Mundial, Bolivia vivía una gran agitación social. Las rivalidades políticas y el miedo a que resurgiera el nazismo en Sudamérica originaron manifestaciones tumultuosas y asesinatos. El verano de 1946 asesinaron al presidente del país y colgaron el cadáver de una farola situada frente al palacio presidencial. A veces ni se podía salir de casa por culpa de la violencia.

Un día, al pasar en autobús por la plaza mayor, Elizabeth vio a tres jóvenes que colgaban de sendos postes. Horrorizada, no pudo menos que lanzar un gemido. Uno de los transeúntes le dijo: “Si no le gusta lo que ve, no mire”. Aquellos sucesos nos recalcaron la necesidad de confiar plenamente en Jehová.

Pese a los tumultos, la verdad bíblica se arraigaba en los corazones humildes. En septiembre de 1946 se abrió una sucursal en La Paz, de la que me nombraron superintendente. Estaba situada en el mismo apartamento de alquiler que el hogar misional. Aquel también fue nuestro lugar de reunión unos meses después, al fundarse la primera congregación de Bolivia.

En 1946 se pronunció el primer discurso público. Obtuvimos para ello el salón de la Biblioteca Municipal del centro de La Paz. Un amigable señor yugoslavo que estudiaba con nosotros publicó en el periódico local un anuncio pagado de la conferencia. El salón se llenó. Como aún me costaba hablar español, la idea de discursar me ponía nerviosísimo. Pero, con la ayuda de Jehová, todo salió bien. Fue el primero de cuatro discursos pronunciados allí.

En 1947 recibimos a otros seis misioneros de Galaad, y cuatro más en 1948. Las viviendas que pudimos alquilar no tenían muchas comodidades modernas. Además de cumplir con el apretado horario misional, los primeros misioneros nos vimos obligados a trabajar de media jornada para reponer la ropa gastada. Otro reto era viajar de una ciudad a otra. A menudo viajábamos en la caja descubierta de un camión por fríos pasos de montaña. Pero Jehová siempre nos animó y fortaleció mediante su organización.

En marzo de 1949, el hermano Knorr y su secretario Milton Henschel vinieron de Nueva York a visitar los tres hogares misionales de La Paz, Cochabamba y Oruro. Nos alentó saber del extraordinario crecimiento que había en muchos países y del nuevo Hogar Betel y la imprenta que se construían en la sede mundial de los testigos de Jehová, en Brooklyn. El hermano Knorr nos aconsejó buscar un hogar y un Salón del Reino más céntricos en La Paz. También mencionó que se enviarían más misioneros.

Unos meses después, la ciudad de Oruro fue sede de nuestra primera asamblea de circuito. Para muchos de los nuevos hermanos cristianos fue un estímulo conocerse por primera vez. Ya había un máximo de 48 proclamadores del Reino y tres congregaciones en Bolivia.

Mi leal esposa

Gracias a los años que compartimos en el servicio misional, Elizabeth y yo llegamos a conocernos y querernos. Nos casamos en 1953. Ella, al igual que yo, había emprendido el precursorado en enero de 1939. A los dos nos habían resultado difíciles los primeros años en dicho servicio. Y por predicar con valor, ella también había ido a la cárcel, conducida por las calles como una delincuente cualquiera.

Elizabeth admite que le daba miedo participar en las marchas de información portando pancartas que decían: “La religión es un lazo y un fraude”. Pero hizo lo que nos pedía la organización de Jehová entonces. Como reconoce, lo hizo por Jehová. Aquellas vivencias la fortalecieron para aguantar las pruebas que afrontó durante los primeros años que estuvo en Bolivia.

Asignaciones diversas

Los dos primeros años de casados pasamos mucho tiempo en la obra de circuito. No solo visitábamos las cuatro congregaciones de Bolivia, sino los grupos aislados de personas interesadas y toda población de más de cuatro mil habitantes. Nuestro objetivo era localizar a quien tuviera interés en la verdad bíblica para cultivar dicho interés. A mediados de los sesenta nos emocionaba ver que había congregaciones en casi todas las localidades pequeñas que habíamos visitado hacía un decenio.

Entretanto, tuve problemas de salud, que se agravaban con la elevada altitud de La Paz. Por ello, en 1957 otro hermano asumió la supervisión de la sucursal y Elizabeth y yo fuimos asignados al hogar misional de Cochabamba, ciudad enclavada en un valle a menos altura. En la primera reunión hubo unos cuantos misioneros, pero ni un solo boliviano. Para cuando dejamos Cochabamba, quince años más tarde, en 1972, ya había dos congregaciones. Hoy existen 35 en el valle de Cochabamba, que agrupan a más de dos mil seiscientos proclamadores del Reino.

En 1972 nos mudamos a Santa Cruz, en las cálidas tierras tropicales. Aún vivimos allí en un par de habitaciones situadas sobre el Salón del Reino. Cuando llegamos, había dos congregaciones en Santa Cruz, ahora pasan de cuarenta y cinco, y reúnen a más de tres mil seiscientos publicadores que participan en el ministerio cristiano.

Estamos muy contentos de haber permanecido en la asignación misional más de medio siglo y haber visto el recogimiento de unos doce mil trescientos miembros del pueblo de Jehová en este país. Ha sido todo un placer servir a estos queridos hermanos.

La felicidad de servir al prójimo

Antes de partir para mi asignación misional, el asesor legal de la Sociedad Watch Tower, Hayden C. Covington, tejano como yo, me dijo: “Ed, en Texas hay mucho espacio para todos. Pero en un hogar misional, el espacio escasea. Tendrás que hacer cambios”. Y tenía razón. La convivencia estrecha con otras personas es un reto, pero solo uno de los muchos que debe superar el misionero cristiano.

Así pues, si piensa mudarse a otra zona para servir a Jehová, recuerde que la vida del verdadero seguidor de Cristo consiste en servir al semejante. (Mateo 20:28.) Por eso, el misionero debe mentalizarse para vivir con abnegación. Algunos quizás crean que van a recibir prominencia. Y tal vez sea así, cuando se despidan de sus amigos y parientes. Pero todo cambia cuando uno llega a la pequeña población o barriada de su asignación. ¿Qué consejo puedo darle?

Cuando pase por dificultades, como problemas de salud, la sensación de estar lejos de la familia o incluso choques con los hermanos cristianos de la asignación, acéptelas como parte de su preparación. Si así lo hace, acabará recibiendo su recompensa, tal como indicó el apóstol Pedro: “Después que ustedes hayan sufrido por un poco de tiempo, el Dios de toda bondad inmerecida [...] terminará él mismo el entrenamiento de ustedes; él los hará firmes, él los hará fuertes”. (1 Pedro 5:10.)

Edward Michalec falleció el 7 de julio de 1996, cuando se estaba ultimando este artículo para publicarlo.

[Ilustración de la página 19]

En Bolivia, 1947

[Ilustración de la página 23]

Con mi esposa

[Ilustración de las páginas 20 y 21]

Las clases de oratoria solían impartirse al aire libre, como muestra esta foto del anfiteatro de Galaad tomada años después

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