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La Atalaya. Anunciando el Reino de Jehová 1999
w99 1/4 págs. 23-27

En busca del paraíso

Relatado por Pascal Stisi

La noche estaba muy avanzada y las calles estaban desiertas en la ciudad de Béziers, en el sur de Francia. Al encontrar la pared recién pintada de una librería religiosa, mi amigo y yo escribimos en ella con grandes letras negras las palabras del filósofo alemán Nietzsche: ‘Han muerto todos los dioses; ¡viva el superhombre!’. Ahora bien, ¿qué me llevó a hacer semejante cosa?

NACÍ en Francia en 1951 en el seno de una familia católica de origen italiano. De niño, solíamos ir de vacaciones al sur de Italia. Todos los pueblos de allí tenían una imagen de la virgen María. Yo acompañaba a mi abuelo cuando llevaban en largas procesiones por las montañas estas enormes estatuas vestidas, pero lo hacía sin ninguna convicción. Terminé la educación básica en una escuela religiosa dirigida por jesuitas. Sin embargo, no recuerdo haber oído nada que fortaleciera mi fe en Dios.

Empecé a reflexionar sobre el propósito de la vida cuando me matriculé en una universidad de Montpellier para estudiar medicina. Mi padre había sufrido lesiones durante la guerra y siempre tenía médicos al lado de la cama. ¿No sería mejor acabar con las guerras en vez de dedicar tanto tiempo y esfuerzo tratando de curar a sus víctimas? No obstante, la guerra de Vietnam estaba en pleno apogeo. En mi opinión, la única manera lógica de tratar el cáncer pulmonar, por ejemplo, era eliminando la causa principal de este: el tabaco. ¿Y qué puede decirse de las enfermedades causadas por la desnutrición en los países en vías de desarrollo, así como las que surgen debido a comer en demasía en los países acaudalados? ¿No sería mejor erradicar las causas en lugar de intentar remediar las consecuencias graves? ¿Por qué había tanto sufrimiento en la Tierra? Sentía que algo andaba muy mal en esta sociedad suicida, y culpaba a los gobiernos por ello.

Yo copiaba en las paredes algunas de las oraciones de mi libro favorito, que era obra de un anarquista. Poco a poco me convertí también en un anarquista, sin fe, sin leyes morales y sin querer tener ni Dios ni amo. Creía que Dios y la religión eran inventos de los ricos y poderosos para dominar y explotar a los demás. ‘Trabajen arduamente para nosotros en la Tierra y su galardón será grande en el paraíso celestial’, era lo que parecían decir. Pero había terminado el tiempo de los dioses. El pueblo necesitaba saberlo. Las pintadas anarquistas eran una manera de darlo a conocer.

Como consecuencia, relegué mis estudios a un segundo plano. Entretanto, me matriculé en un curso de Geografía y Ecología en otra universidad de Montpellier donde reinaba un estado de insurrección. Cuanto más estudiaba Ecología, más me indignaba la contaminación de nuestro hermoso planeta.

Todos los años, durante las vacaciones de verano, recorría miles de kilómetros por Europa. Al viajar y conversar con los conductores que me recogían en la carretera, vi con mis propios ojos el mal y la decadencia que afligían a la sociedad humana. En una ocasión, mientras buscaba el paraíso, encontré unas espléndidas playas en la hermosa isla de Creta, pero estaban cubiertas de petróleo. Me entristecí profundamente. ¿Quedaba algo del paraíso en la Tierra?

Volver a trabajar la tierra

Los ecologistas de Francia decían que volver a trabajar la tierra era la solución a los males de la sociedad. Yo quería trabajar con las manos. De modo que compré una antigua casa de piedra en un pueblecito situado en las estribaciones de las montañas Cevenas, en el sur de Francia. En la puerta escribí: “El paraíso ahora”, la consigna de los hippies norteamericanos. Una joven alemana que estaba de paso por el pueblo llegó a ser mi compañera. Para mí era inaceptable casarme ante un alcalde, pues era un representante del gobierno. ¿Y por la Iglesia? ¡Ni pensarlo!

Casi siempre andábamos descalzos, y yo llevaba el pelo largo y una barba enmarañada. Me fascinaba cultivar frutas y verduras. En verano el cielo estaba azul y se oía el canto de las cigarras. Las flores del monte despedían un rico aroma, y la fruta mediterránea que cultivábamos —uvas e higos— era deliciosa. Parecía que habíamos encontrado nuestra parcela del paraíso.

Despierta mi creencia en Dios

En la universidad había estudiado Biología celular, Embriología y Anatomía, y me había impresionado mucho la complejidad y armonía de estos mecanismos. Pero ahora que contemplaba y observaba personalmente la creación todos los días, me llenaba de admiración su hermosura y su potencial. Día tras día, el libro de la creación me hablaba página por página. En cierta ocasión, mientras daba una larga caminata por las colinas, reflexioné profundamente sobre la vida y llegué a la conclusión de que tenía que existir un Creador. Decidí en el corazón creer en Dios. Anteriormente había sentido un vacío interior, una soledad perturbadora. El día en que empecé a creer en Dios, me dije: “Pascal, nunca volverás a estar solo”. Fue una sensación extraordinaria.

Poco después, mi compañera y yo tuvimos una hija, a quien llamamos Amandine. Era la niña de mis ojos. Ahora que creía en Dios, comencé a respetar las pocas leyes morales que conocía. Dejé de robar y mentir, y pronto me di cuenta de que me ayudaba a evitar muchos problemas con el prójimo. No obstante, teníamos algunas dificultades, y mi paraíso no era exactamente lo que había esperado. Los viñadores de la zona utilizaban insecticidas y herbicidas que también contaminaban mis cosechas. Seguía sin encontrar respuestas a mis preguntas sobre la causa de la maldad. Y aunque había leído mucho sobre la vida familiar, eso no impedía que discutiera acaloradamente con mi compañera. Los pocos amigos que teníamos no eran verdaderos amigos, pues algunos hasta intentaron que mi compañera me fuera infiel. Tenía que haber un paraíso mejor.

La respuesta a mis oraciones

Oré a Dios a mi manera en muchas ocasiones y le pedí que me guiara. Cierto domingo por la mañana tocó a mi puerta una señora amigable, llamada Irène Lopez, acompañada de su hijito. Era testigo de Jehová. La escuché y acepté recibir otra visita. Posteriormente, dos señores me visitaron. Retuve dos puntos de nuestra conversación: el Paraíso y el Reino de Dios. Los guardé cuidadosamente en el corazón y con el paso de los meses comprendí que un día tendría que enderezar los asuntos con Dios si deseaba disfrutar de una conciencia limpia y encontrar la felicidad verdadera.

A fin de poner nuestra vida en armonía con la Palabra de Dios, mi compañera estuvo dispuesta al principio a casarse conmigo. Pero luego se mezcló con malas compañías que se mofaban de Dios y de sus leyes. Al llegar a casa una noche primaveral, recibí un terrible golpe. La casa estaba vacía. Mi compañera me había abandonado y se había llevado a nuestra hija de tres años. Durante días esperé que regresaran, pero fue en vano. En vez de culpar a Dios, pedí su ayuda.

Poco después tomé la Biblia, me senté debajo de mi higuera y me puse a leerla. Me embebí en sus palabras. Aunque había leído muchos libros de psicoanalistas y psicólogos, nunca había visto palabras tan sabias como estas. La Biblia tenía que ser producto de la inspiración divina. Las enseñanzas de Jesús y su comprensión de la naturaleza humana me dejaban atónito. Los Salmos me consolaban, y la sabiduría práctica de los Proverbios me asombraba. Enseguida me di cuenta de que aunque el estudio de la creación nos ayuda a acercarnos a Dios, solo revela “los bordes de sus caminos” (Job 26:14).

Los Testigos también me habían dejado los libros La verdad que lleva a vida eterna y Cómo lograr felicidad en su vida familiar.a La información de estas publicaciones me abrió los ojos. El libro La verdad me ayudó a comprender por qué el hombre se encara a la contaminación pandémica, las guerras, la violencia y a la amenaza de aniquilación nuclear. Y tal como el cielo rojizo que veía desde mi huerto anunciaba que el clima del próximo día sería agradable, estos sucesos probaban que el Reino de Dios está muy cerca. Cuánto deseaba mostrar el libro Vida familiar a mi compañera y decirle que podíamos ser felices si poníamos en práctica el consejo de la Biblia. Pero ya no era posible.

Progreso espiritual

Quería saber más, así que pedí a Robert, un Testigo, que me visitara. Aunque se sorprendió cuando le dije que deseaba bautizarme, empezó a estudiar la Biblia conmigo. Inmediatamente comencé a hablar de lo que estaba aprendiendo y a distribuir las publicaciones que obtenía en el Salón del Reino.

Para ganarme la vida me inscribí en un curso de albañilería. Como sabía lo provechosa que es la Palabra de Dios, me valía de toda oportunidad para predicar informalmente a los condiscípulos y los maestros. Una noche conocí a Serge en el pasillo. Tenía unas revistas en la mano. “Veo que te gusta leer”, le dije. “Sí, pero ya estoy aburrido de esto”, contestó. “¿Quieres leer algo bueno de verdad?”, le pregunté. Tuvimos una excelente conversación sobre el Reino de Dios y aceptó algunas publicaciones bíblicas. La semana siguiente me acompañó al Salón del Reino y empecé a estudiar la Biblia con él.

Un día pregunté a Robert si podía predicar de casa en casa. Fue a su ropero y me encontró un traje. El domingo siguiente, di mis primeros pasos en el ministerio con él. Finalmente, el 7 de marzo de 1981 simbolicé en público mi dedicación a Jehová Dios mediante el bautismo.

Ayuda en medio de la angustia

Mientras tanto descubrí dónde vivían Amandine y su madre en el extranjero. Lamentablemente, ella me prohibió ver a mi hija, en conformidad con las leyes del país donde vivían. Me sentí hundido. La madre de Amandine se casó, y mi angustia llegó a su punto máximo cuando recibí la notificación oficial de que su esposo había adoptado a mi hija sin mi consentimiento. Ya no tenía ningún derecho sobre ella. A pesar de las medidas legales que tomé, no obtuve el derecho de visitarla. Me sentía como si llevara una carga de 50 kilos encima; el dolor era inmenso.

Pero la Palabra de Jehová me sostuvo de diversas maneras. Un día que estaba muy angustiado, repetí muchas veces las palabras de Proverbios 24:10: “¿Te has mostrado desanimado en el día de la angustia? Tu poder será escaso”. Este versículo me ayudó a no perder el control. En otra ocasión, después de sufrir un revés cuando intenté ver a mi hija, apreté fuertemente el asa de mi maletín y me fui a predicar. Durante esos momentos difíciles experimenté la veracidad de Salmo 126:6, que dice: “El que sin falta sale, aun llorando, llevando consigo una bolsa llena de semilla, sin falta entrará con un clamor gozoso, trayendo consigo sus gavillas”. Aprendí la importante lección de que cuando atravesamos pruebas difíciles tenemos que dejarlas atrás, una vez que hayamos hecho todo lo posible por resolverlas, y continuar sirviendo con determinación a Jehová. Es la única manera de mantener el gozo.

Me esfuerzo por alcanzar algo mejor

Cuando mis queridos padres vieron los cambios que había hecho, se ofrecieron para ayudarme a seguir con mis estudios universitarios. Les di las gracias, pero ya tenía otra meta. La verdad me había liberado de la filosofía humana, el misticismo y la astrología. Ahora contaba con amigos verdaderos que jamás se matarían unos a otros en la guerra. Y por fin sabía las respuestas a mis preguntas sobre por qué hay tanto sufrimiento en la Tierra. Agradecido, quería servir a Dios con todas las fuerzas. Jesús se había entregado por entero a su ministerio, y yo quería seguir su ejemplo.

En 1983 dejé mi negocio de albañilería para hacerme ministro de tiempo completo. En respuesta a mis oraciones, encontré empleo de media jornada en un parque a fin de mantenerme. ¡Cuánta alegría sentí al asistir a la escuela de precursores con Serge, el joven a quien le había dado testimonio en la escuela de albañilería! Tras servir de precursor regular por tres años, sentí el deseo de hacer más en el servicio de Jehová. Por lo tanto, en 1986 se me asignó como precursor especial a la pintoresca población de Provins, cerca de París. A menudo, cuando llegaba a casa por la noche, me arrodillaba para dar gracias a Jehová por el día maravilloso que había pasado hablando de él. En realidad, mis dos mayores placeres en la vida son hablar a Dios y hablar de Dios.

Otra fuente de gran gozo para mí fue el bautismo de mi madre a la edad de 68 años, quien vivía en Cébazan, pueblecito del sur de Francia. Cuando ella empezó a leer la Biblia la suscribí a La Atalaya y ¡Despertad! Era una persona pensadora, y pronto reconoció que lo que leía tenía un tono verídico.

Betel: un maravilloso paraíso espiritual

Cuando la Sociedad Watch Tower decidió reducir la cantidad de precursores especiales, solicité ir a la Escuela de Entrenamiento Ministerial y a Betel, la sucursal de los testigos de Jehová de Francia. Quería que Jehová decidiera en qué campo podía servirle mejor. Unos meses más tarde, en diciembre de 1989, se me invitó al Betel de Louviers, en el noroeste de Francia. Fue una bendición, pues la ubicación me permitió ayudar a mi hermano y mi cuñada a cuidar de mis padres cuando enfermaron de gravedad. No hubiera podido hacerlo si hubiese estado en el servicio misional, a miles de kilómetros de distancia.

Mi madre fue a visitarme a Betel varias veces. Aunque era un sacrificio para ella tener que vivir apartada de mí, con frecuencia me decía: “Permanece en Betel, hijo. Me alegra que sirvas a Jehová de esta manera”. Lamentablemente, mis padres ya fallecieron. ¡Cuánto anhelo verlos en una Tierra transformada en un paraíso literal!

Verdaderamente creo que si alguna casa merece la designación “El paraíso ahora”, debe ser Betel, la “casa de Dios”. El paraíso verdadero es, sobre todo, espiritual, y la espiritualidad reina en Betel. Aquí tenemos la oportunidad de cultivar los frutos del espíritu (Gálatas 5:22, 23). El abundante alimento espiritual que recibimos durante el análisis del texto bíblico del día y el estudio en familia de La Atalaya me fortalecen para el servicio de Betel. Además, el compañerismo con hermanos y hermanas de inclinación espiritual que han servido fielmente a Jehová durante décadas hace que Betel sea un lugar único para crecer en sentido espiritual. Aunque llevo diecisiete años separado de mi hija, hay muchos jóvenes celosos en Betel a quienes considero mis hijos, y cuyo progreso espiritual me produce mucho placer. Durante los últimos ocho años he recibido siete asignaciones diferentes. Aunque estos cambios a veces no han sido fáciles, la preparación que se recibe es provechosa a la larga.

Antes cultivaba cierta legumbre que producía a ciento por uno. De igual manera, he aprendido que cuando una persona siembra lo que es malo, siega algo cien veces peor, y no solo una cosecha. La experiencia es una escuela en la que las lecciones salen muy caras. Hubiera preferido no haberme matriculado nunca en esa escuela, sino más bien, haberme criado en los caminos de Jehová. ¡Qué privilegio tienen los jóvenes que reciben la crianza de padres cristianos! No cabe duda de que es mejor sembrar lo que es bueno en el servicio de Jehová y segar el céntuplo de paz y satisfacción (Gálatas 6:7, 8).

Cuando era precursor, a veces pasaba junto a la librería religiosa en cuya pared escribí el lema anarquista. Incluso entré a hablar con el dueño sobre el Dios vivo y Su propósito. Sí, Dios está vivo. Es más, Jehová, el único Dios verdadero, es un Padre fiel que nunca abandona a sus hijos (Revelación [Apocalipsis] 15:4). Así pues, que más multitudes de todas las naciones hallen el paraíso espiritual ahora —y el Paraíso restaurado que se avecina— al servir y alabar al Dios vivo, Jehová.

[Nota]

a Editados por Watchtower Bible and Tract Society of New York, Inc.

[Ilustraciones de la página 26]

Conmovido por las maravillas de la creación, decidí en mi corazón creer en Dios.

(Derecha) En el servicio de Betel actualmente

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